El dictador que me heredaron mis padres
Mis papás hasta este año defendieron la ideología sandinista de Ortega, que ya había mostrado ser sinónimo de retroceso en 1980: pobreza, éxodo, expropiaciones, guerra, autoritarismo, ataques a la iglesia Católica…
Desde que decidí venirme a vivir a Europa, no he dejado de preguntarle a mis padres si consideran que tienen alguna responsabilidad en la crisis que vive Nicaragua desde abril de 2018. ¿Pensaron en algún momento en el país que querían heredarme? ¿Qué hicieron para que no volviéramos al oscuro pasado de la guerra y la confrontación?
Nada. Nohicieron nada. Como tantos padres más, cruzaron sus brazos y se sentaron acontemplar cómo dos caudillos –Daniel Ortega y Arnoldo Alemán- destruyeron laincipiente democracia que tanta sangre costó y que a duras penas logróconstruir la expresidenta Violeta Barrios (1990-1996).
Esaindecisión e indolencia sobre temas claves provocó que mi generación lidieahora con esta inestabilidad política y social. Es cierto que Ortega logró elcrecimiento económico que tanto exigían mis padres a los gobiernos de Alemán(1996-2000) y Enrique Bolaños (2001-2006), pero eso implicó renunciar a muchaslibertades, cosa que no era justa.
Mis papáshasta este año defendieron la ideología sandinista de Ortega, que ya habíamostrado ser sinónimo de retroceso en 1980: pobreza, éxodo, expropiaciones,guerra, autoritarismo, ataques a la iglesia Católica…
Me hablarontanto de eso que en los últimos días les he preguntado si en algún momentomeditaron sobre el pasado, el presente y futuro del país, mi país. No lohicieron, y hoy los acuso de que, en parte, son culpables del desastre llamadoDaniel Ortega.
Es innegableel lugar que la revolución sandinista de 1979 tiene en la historia deNicaragua. Crecí atraído por los ideales revolucionarios, las canciones deCarlos Mejía Godoy, y las gestas de pueblos aguerridos como Monimbó. Pero larevolución la destruyeron, la destruyó Ortega.
Mis padresse equivocaron al pensar que Ortega era la revolución, se equivocaron alconsentir el pacto Alemán – Ortega, hace 20 años, y que permitió el reparto delos poderes del Estado, provocando así un deterioro de la institucionalidad.
Una tarde deotoño me encontré con un amigo español y terminamos hablando otra vez de lacrisis. Le conté que esa alianza provocó que Ortega regresara al poder en laselecciones de 2006, y que desde el 18 de abril, Nicaragua vive días derepresión que ya han dejado más de 500 muertos y centenas de presospolíticos.
-¿Por qué nohicieron nada para evitar que Ortega llegara hasta donde está?, me preguntó.
Me quedépensando por un momento tratando de señalar a quienes permitieron ese pactoentre el Partido Liberal Constitucionalista de Alemán y el Frente Sandinista deOrtega. Le respondí que mi generación, los que nacimos después de 1990, hizo loque pudo.
Perocualquier acción para defender la República, siendo adultos ya, erainsuficiente. Para cuando voté por primera vez, en 2011, ya todo el Estado ysus poderes estaban podridos por los partidos mencionados y, obviamente,controlados por Ortega.
Le dije a miamigo español que mis padres me heredaron a un dictador que nos tiene al bordede un abismo. ¿Cuántos años más? ¿Cuántos muertos más? ¿Cuántas guerras más? Meentristece que lleguemos a 2021, al bicentenario de nuestra independencia,siendo víctimas de unos cuantos enfermos de poder, que nos han sumido en lapobreza.
A estareflexión llegué recientemente con una amiga nicaragüense. Hace unos días meescribió para comentarme que la habían despedido de la empresa donde laboraba,y por lo tanto se veía en la obligación de migrar. “País de mierda”, reprochó.“Tus padres y los míos dejaron que esto pasara”, le dije.
Le insistíque los que nacimos después de 1990 no somos culpables. Mi hermana, porejemplo, que aún no cumple 18 años, está heredando una Nicaragua confrontada yherida a manos de una dictadura a la cabeza de Ortega y su mujer, RosarioMurillo.
Lerecordé también que ella y yo hicimos loque nuestros padres nunca hicieron:protestar. No recuerdo a mis papás reprochando el pacto que consolidó unaoligarquía entre sandinistas y liberales, en 1998. Nosotros, en cambio, desdeque llegamos a la universidad, hemos alzado la voz por un país justo y mejor.
Mi amiga y yo estuvimos juntos en las instalaciones del edificio de la Seguridad Social, en junio de 2013, respaldando a los adultos mayores que exigían una pensión reducida. Por esos días la policía y las turbas sandinistas golpearon a ancianos y jóvenes. Ese fue nuestro primer acercamiento con la represión y el despotismo. Lo peor llegó este 2018.
Nota: El presente artículo es responsabilidad exclusiva de su autor. La sección Voces es una contribución al debate público sobre temas que nos afectan como sociedad. Lo planteado en el contenido no representa la visión de Despacho 505 o la de su línea editorial. La publicación no significa que este medio valide los argumentos o considere las opiniones como cierta.
