Obet Ramírez, el carpintero desbordado por la demanda de ataúdes
En una semana debe fabricar 50 cajas funerarias. Eso no lo alegra.
MANAGUA — La carpinteríade Obet Ramírez ha multiplicado por tres la producción de cajas funerarias.
La pandemia de coronavirus haimplicado más trabajo para este jefe de una marquetería de la capital, que reflejala magnitud de la emergencia que vive el país.
El pasado 1 de mayo, Ramírezrecibió una llamada a las 2:00 a.m. que respondió aún soñoliento. Un clientenecesitaba sus servicios funerarios, exactamente una caja donde meterían a un cadáver,que luego había que trasladar a un cementerio de la capital.
— ¿Murió de Covid-19?, preguntóel carpintero de 34 años tras enterarse que el cuerpo se encontraba en el hospitalAlemán Nicaragüense.
— ¡No!, le respondió lapersona con un tono alterado. “Fue en un accidente”, agregó.
Ramírez, preocupado y pococonvencido, llamó a su equipo, integrado por tres personas más. Se puso su traje especial antivirus y montó lacaja a la camioneta, y partieron hacia el hospital.
Al llegar, se percató delprotocolo que estaba aplicando el personal de salud: El fallecido estaba envuelto en una bolsanegra.
“Este pobre murió de coronavirus”,pensó. Es por eso que les dijo a sus compañeros que debían tener mucho cuidado.
Ramírez, con toda su experiencia en elaboración de cajas, preparación de cuerpos y funerales, por primera vez en su vida sintió miedo.
“Sentí miedo porque losfamiliares no me dijeron la verdad, incluso, escuchamos a otros decirque el hombre había fallecido de un infarto, había mucho secretismo, nosotros podemos asegurarque ese hombre murió de ese malvado virus, menos mal estamos tomando medidas a nivel general, de l o contrario hubiésemos corrido un gran riesgo”, relató.
Después de ese momento,cansado y triste llegó a la funeraria donde también funciona un taller. Todosse bañaron, para descontaminarse y continuaron con su rutina diaria de elaboraciónde ataúdes.
Para la semana siguiente al 1de mayo, debía entregar más de 50 cajassencillas.
A Ramírez, el olor a maderale mejora el ánimo. Pero no olvidará ese día de mayo: “Fue horrible, y desdeese momento, no hemos parado de ver cadáveres en bolsas negras”.
En el taller de carpintería, Ramírezse encarga de supervisar que el proceso para armar el ataúd se cumplaestrictamente. El sitio es bullicioso, pero cada trabajador se concentra en sufunción.
Mientras unos cortan maderas,otros arman y clavan los ataúdes.
Aunque este carpintero siempreha vivido de hacer cajas, el triple de la producción derivada por la pandemia,no lo alegra. Sufre al pensar que él ysu equipo se exponen todo el tiempo.
«Duele, realmente dueletodo lo que está pasando, somos seres humanos y nunca nos vamos a acostumbraral sufrimiento de la gente, mientras yo estoy pintando, miles de cosas pasanpor mi cabeza, nunca asimilaré como la vida se va de un momento a otro, piensoen mi familia en mis hijos y mis lágrimas recorren mis mejillas, antes de lapandemia, todo era más superficial», narra.
«Siempre será impactanteenterrar a alguien que muere por Covid-19, no nos vamos a acostumbrar, todosaquí llevamos años elaborando ataúdes, lo vemos como un trabajo más, pero jamásuna muerte ha sido motivo de alegría, porque jamás se sabe si los próximosseremos nosotros», refirió este carpintero padre de tres hijos.
Su miedo es contagiarse yperjudicar a su familia.






