Ernesto Medina: Nicaragua seguirá teniendo el peor sistema educativo porque al régimen le interesa gente «leal», no capaz
En todas las pruebas regionales que midieron la calidad de la educación nicaragüense durante dos décadas, el país registró las peores notas. Nunca mostró avances. Nicaragua ahora dejó de someterse a esas evaluaciones, pero las causas del rezago permanecen: profesores con una formación deficiente, planes de estudio obsoletos, métodos de enseñanza desfasados y un sistema educativo atravesado por el control político, sostiene en esta entrevista el doctor Ernesto Medina, catedrático, exrector universitario y exdirectivo del Foro Educativo Nicaragüense Eduquemos.
Medina no encuentra indicios de mejora que permitan pensar que la educación en Nicaragua haya dejado de ser una de las peores de Latinoamérica.
En las pruebas ERCE 2019 (Estudio Regional Comparativo y Explicativo), que miden competencias en estudiantes de tercero y sexto grado de primaria en disciplinas clave – las últimas en las que participó Nicaragua- los resultados fueron los más bajos en todas las áreas evaluadas a nivel regional: 79 de cada 100 menores de 10 años en Nicaragua no puede comprender un texto. El 97% de los estudiantes no alcanzó el umbral mínimo en Matemáticas; el 95% no lo alcanzó en Ciencias y el 87% no lo alcanzó en Lectura.
Medina señala que el desinterés de las autoridades por impulsar una mejora real de la educación, orientada a desarrollar en los estudiantes las competencias que exige el mundo moderno, quedó expuesto en cada evaluación. Los resultados identificaban problemas estructurales, pero el Estado nunca los presentó oficialmente, los sometió a debate público ni utilizó sus recomendaciones para corregirlos.
Sistema lastrado
Las pruebas retrataban un sistema lastrado por “la poca calidad de la formación de los maestros”, planes de estudio obsoletos y métodos educativos “arcaicos” que incentivaban “únicamente la memoria, la repetición y no el análisis”. Medina asegura que, pese a ese diagnóstico, “jamás se tomó una medida”.
El académico recuerda que durante esos años se elaboraron planes educativos, algunos para responder a las exigencias de organismos que financiaban programas en el país. Cuestiona, sin embargo, que esos planes partieran de los problemas que mostraban las evaluaciones y de lo que ocurría en las aulas. Tampoco, señala, se detallaba después qué se había logrado con su aplicación.
Ese termómetro desapareció. Y en las pruebas PISA, la medición que permite comparar qué están aprendiendo los estudiantes y dónde fallan los sistemas educativos de al menos 90 países, cuya actualización fue presentada este martes, Nicaragua nunca ha participado.
Esto deja al país sin una referencia internacional comparable para determinar cuánto ha avanzado —o retrocedido— el aprendizaje.
Para Medina, el hecho de que Nicaragua no participe en las pruebas PISA no se explica simplemente por falta de recursos. El régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo, sostiene, evita una evaluación que obligaría a confrontar los resultados de su política educativa y a rendir cuentas sobre ellos.
“En esta concepción del Estado, obviamente, no cabe la idea de estar evaluando lo que hacen, porque se parte de que todo lo que hacen está perfecto”, afirma Medina.
La educación como una dádiva
Para Medina, detrás del rechazo a la evaluación pesa una concepción más profunda: el régimen maneja la educación y otros derechos básicos como “limosnas, dádivas que da a la gente o que son especie de recompensa que se le da a la gente mientras se porte bien”, afirma.
“Portarse bien en Nicaragua significa, como ya sabemos, agachar la cabeza, decir sí a todo lo que el gobierno ordena y dice y seguir estrictamente la línea que el gobierno ha planteado”, añade.
Medina señala como ejemplo la propaganda oficial que presenta el acceso a la educación y las becas o bonos que se entregan a estudiantes y docentes como beneficios concedidos por Ortega y Murillo, proyectando la idea de que esos derechos dependen de la generosidad de quienes gobiernan.
El exrector rechaza esa lógica. “La gente tiene derecho a educarse para poder mejorar sus condiciones de vida, ayudar a su familia y contribuir al desarrollo del país. O sea, es un derecho, no es un regalo de ningún gobierno”.
Para el experto, esa diferencia es fundamental para entender el problema de la calidad educativa. La educación, explica, debe permitir a las personas mejorar sus condiciones de vida y, al mismo tiempo, formar ciudadanos capaces de contribuir al desarrollo del país y a la construcción de sociedades más justas y equitativas. También es, a su juicio, una condición para una democracia saludable y para competir en un mundo que exige cada vez mayores capacidades.
La lealtad por encima de la capacidad
Medina advierte que la politización también impide que desde el propio sistema se cuestionen sus fallas. En su diagnóstico, los problemas de formación y los bajos salarios de los profesores conviven con un criterio político para su contratación y promoción.
“Seguimos teniendo el mismo sistema obsoleto de formación de los profesores, profesores mal incentivados, mal pagados, profesores sometidos a una politización que es el criterio más importante para contratarlos y para que puedan promover dentro del sistema”, sostiene.
“Lo que le interesa al gobierno es tener gente leal, de confianza, entre comillas”, afirma Medina.
“Y no gente capaz, gente crítica que exponga los problemas y señale dónde están las dificultades para poder mejorar”, agrega.
Nicaragua llega así a una nueva edición de PISA sin aparecer en la medición y sin las evaluaciones regionales que durante años permitieron comparar el aprendizaje de sus estudiantes con el resto de América Latina. La falta de datos impide establecer la dimensión actual del rezago.
Para Medina, mientras el sistema permanezca cerrado a la evaluación, la rendición de cuentas y la crítica, no existen razones para esperar una mejora sustancial.
“Entonces, como nadie se atreve a decir nada porque vivimos en un país perfecto, un mundo perfecto, dirigentes sabios que lo saben todo y que no se equivocan. Entonces, mientras eso persista, vamos a seguir teniendo el peor sistema educativo de América Latina”, concluye.
