Cuando los riñones fallan

La vida pesa cuando los riñones dejan de funcionar. Y el miedo a la muerte que surge al recibir el diagnóstico se va disipando en la carrera vital que se debe librar día con día entre agujas, medicinas y un doloroso seguimiento. Hay esperanza dice John al compartir aquí su historia.

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  • octubre 30, 2020
  • 03:43 AM

Cuando los riñones fallan

La vida pesa cuando los riñones dejan de funcionar. Y el miedo a la muerte que surge al recibir el diagnóstico se va disipando en la carrera vital que se debe librar día con día entre agujas, medicinas y un doloroso seguimiento. Hay esperanza dice John al compartir aquí su historia.

CHINANDEGA — Las marcas de agujas y las curas fijadas al brazo izquierdo de John dan cuenta de los seis años de vida que le ha ganado a la Insuficiencia Renal Crónica (IRC). Tenía 26 cuando llegó al hospital con una crisis de salud y los médicos determinaron que había perdido la función renal.

No conocía sobre la enfermedad, y todo lo que comenzó a escuchar lo procesaba como una sentencia de muerte. Incluso, llegó a rechazar someterse a diálisis peritoneal, porque a su mamá le comentaron que “eso lo mataría más rápido”. 

Todo se torna “incierto” cuando de golpe te llega un diagnóstico semejante, revela el hombre de 32 años, ahora consciente de que en la carrera vital que libra ha tenido el privilegio de recibir atención médica “porque no todos pueden recibir este beneficio”.

La familia de John subsiste de la jubilación de su papá, una pensión por incapacidad que le asignó el Seguro Social y la remesa que su hermana envía. Su mamá también sufre de una enfermedad crónica y no puede trabajar. El dinero es escaso y la enfermedad pesa.

LA VIDA EN 650 MILILITROS

John mide cada cosa que se lleva a la boca. Por ejemplo, el agua que a la mayoría recomiendan ingerir por salud, a él le puede provocar sufrimiento si no cuida cada trago. Solo puede consumir 650 mililitros en 24 horas, unos tres vasos. Eso incluye todo tipo de líquidos. “Si excedés esa cantidad de agua se corre el riesgo de sufrir terribles calambres durante la hemodiálisis, cuando el líquido está siendo extraído de los músculos y que crezca el corazón”, dice.

Él cae en excesos, confiesa. Igual ocurre a la mayoría de pacientes, porque “no es fácil soportar temperaturas de 30 grados a la sombra sin sentir sed”. En cuanto a la alimentación, debe consumir más granos, frutas y verduras que carnes y lácteos, de lo contrario “durante la hemodiálisis se acumulan coágulos de sangre en los filtros de la máquina y si son muchos (coágulos) el paciente es desconectado, porque las máquinas deben estar limpias para que venga el siguiente turno de pacientes y (si hay coágulos) ellos no completan su depuración”.

EL DOLOR “TATUADO” EN EL BRAZO

En el brazo izquierdo de un paciente de IRC quedan marcas que reflejan la evolución de la enfermedad. John, por ejemplo, puede realizar todas las actividades cotidianas siempre y cuando la fuerza la ejerza con el brazo derecho. Explica que en el brazo izquierdo, ya que a los pacientes de IRC se les practica una cirugía para conectar una vena a una arteria. Cualquier esfuerzo les puede provocar sangrados. A quienes reciben hemodiálisis, como John, se les coloca un cáteter durante los tres primeros meses, el cual deben evitar mojar o ensuciar. Para tomar un baño deben hacer “malabares”, cuenta.

LA LUCHA POR EL “PESO SECO”

 Después de cada hemodiálisis John se para sobre una báscula para determinar su “peso seco”. En su siguiente sesión, antes de ser conectado a la máquina, además del monitoreo de su presión, será pesado para determinar la cantidad de líquido que le será extraído, es decir, el excedente que resulte de la comparación con el peso registrado tras su última hemodiálisis, a eso se le conoce como peso seco. “Ellos saben por el peso que uno lleva, por ejemplo, si mi peso seco es de 83 kilos y al llegar tengo 86 kilos, quiere decir que llevo 3 kilos de comida y líquidos. Cuando me excedo con el agua me siento pesado el cuerpo, caliente como si me ando quemando, también se te nota en la cara porque uno se hincha de los pómulos”, explica John.

NO HAY MAÑANA SIN PASTILLAS

Al inicio de su terapia John consumía ocho medicamentos diferentes, tres veces al día. Cuatro píldoras eran para regular su presión arterial. Actualmente tiene prescritas tres pastillas cada día, por las mañanas. Se la toma juntas, con un solo trago de agua. “En la mañana me levanto, hago lo que se tenga que hacer en la casa (oficios), si me dan ganas de salir agarro la bicicleta en horas tempranas, el detalle está en no exponerse a la temperatura y al sol, porque eso nos altera la presión”, relata.

LA ESPERANZA QUE LO SOSTIENE

 John tenía 26 años cuando fue diagnosticado con IRC. Sintió miedo. Le explicaron que  su creatinina sobrepasaba los valores normales, que ya sus riñones no cumplían su función. “Recuerdo la incertidumbre, esos días se me hicieron largos esperando que el Seguro Social aprobará mi atención.  Gracias a Dios la aprobaron y tengo seis años ya con hemodiálisis. Sé que tengo suerte, que no todos pueden tener este beneficio”.  A los pacientes como John les sugieren mantenerse activos, “evitar caer en depresión”. 

Jonh dice que en el proceso de asimilar su enfermedad le ha servido conocer a personas que llevan muchos años resistiéndo a la enfermedad con tratamiento de hemodiálisis. “Un paciente de mi grupo hace 20 años recibe hemodiálisis, eso me anima: pensar que yo puedo también ver crecer a mis hijos y acompañarlos”, expresa John.

Quienes son diagnosticados con IRC no reciben atención sicológica para acompañarlos en el proceso que es de muchos cambios, unos físicos como la pérdida de la capacidad de orinar y la disfunción sexual prematura; y otros sicológicos como la depresión, la incertidumbre sobre la muerte. “El paciente IRC vive su diagnóstico en solitario. Hay muchos temas tabúes, sobre todo en los jóvenes, a veces te preguntan si pueden usar algún medicamento para tener un buen desempeño sexual y la respuesta es negativa, y no hay un acompañamiento para que aprendan que el sexo no solo es la penetración, se deprimen por esa situación”, expone un médico internista que pide no ser identificado.  

LA ATENCIÓN NO ES PARA TODOS

El tratamiento de John lo cubre la Seguridad Social a través de un Programa de Pacientes con IRC, sin embargo, si presentara alguna complicación esta debe ser atendida por el sistema de salud pública. “Las clínicas privadas te atienden lo del programa de hemodiálisis, pero de ahí te mandan a los hospitales, solo si te ponés grave en el lugar  donde te hacen la hemodiálisis, te atienden; pero si te agravás fuera entonces ellos (el Seguro Social) te mandan al hospital”, refiere John.

COVID-19, UN VIRUS DE TEMER

El coronavirus es un enemigo peligroso para las personas con IRC, pero John que depende de tres sesiones de hemodiálisis para mantenerse con vida no puede optar por un aislamiento total. “Sí me da miedo el coronavirus, pero debemos seguir adelante, tomando precauciones y esperando en Dios que no nos toque; usando mascarillas, no exponiéndonos más de lo necesario, porque sin hemodiálisis no hay esperanza de continuar viviendo”, comenta.

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