Las Madres de Abril no se rinden: “Desde la tumba clamaremos justicia” 

A cinco años de las masacres, DESPACHO 505 hace un recuento de los padres y madres que han fallecido en la espera de ver ante la justicia a los gatilleros que en abril de 2018 mataron a sus hijos.

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  • abril 18, 2023
  • 10:54 PM

Josefa Narváez se juró que no descansaría hasta que los asesinos de su hijo pagaran por el crimen, pero la muerte llegó antes que le Justicia. No lo pudo cumplir.

Narváez es una de los cuatro padres y madres de nicaragüenses asesinados en las protestas de abril de 2018 que han fallecido sin ver ante la justicia tanto a los que halaron el gatillo contra sus hijos como a los que dieron la orden de disparar, comenzando por Daniel Ortega y Rosario Murillo.

Otras seis madres más pidieron con su último aliento de vida que el régimen de Daniel Ortega se apiadara de ellas y les cediera la libertad a sus hijos presos, para verlos por última vez en esta vida. La dictadura no lo permitió y mostró así su cara más cruel. Después, mientras ellas eran enterradas, ellos solo pudieron llorarlas en soledad, en la celda fría donde estaban.

Max Jerez, fue uno de esos hijos.  El líder universitario condenado a 13 años de prisión perdió a su madre, Heydi Meza. Tenia 66 años. En septiembre de 2021, un derrame preural y una neumonía doblegó sus fuerzas y no pudo más. “Eso ha sido para mi uno de los golpes más difíciles”, dice el opositor a DESPACHO 505.

355 personas fueron asesinadas tras el levantamiento social de abril de 2018 según los reportes de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, CIDH y en marzo de este año, el Grupo de Expertos en Derechos Humanos sobre Nicaragua, que por órdenes de las Naciones Unidas investiga esos hechos, concluyó que Daniel Ortega, Rosario Murillo y sus funcionarios, cometieron crímenes de lesa humanidad contra los que se levantaron.  Las madres, son las víctimas colaterales de esos crímenes.    

“CLAMOR NO MUERE CON ELLAS”

Han pasado cinco años y los únicos que conocieron la cárcel como parte de esta crisis, son los que se oponen a que Daniel Ortega, su esposa, sus hijos y nueras, sigan en el poder. Una ficticia agrupación investigadora que la dictadura integró y bautizó pomposamente como Comisión de la Verdad, Justicia y Paz, ni señaló a los responsables, ni los llevó a la justicia y como si no bastara, sigue existiendo en algún lugar de Managua recibiendo prebendas estatales. "Esa gente es una burla para nosotras, una ofensa", dice una madre de abril que vive en Carazo.

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Pero con todo y eso, las madres no se han rendido. Siguen exigiendo justicia, y su clamor logra colarse entre tanto ruido que la dictadura hace, para evitar la vedad de lo ocurrido hace cinco años. Su último intento, es declarar vía Ley este 19 de abril como Día de la Paz. “No hay paz si no hay justicia y ninguna ley es más que esa demanda”,  reacciona molesta otra madre de un manifestante asesinado. “Aquí seguimos, no importa lo que el dictador haga: queremos justicia”, asegura.      

Doña Francisca Machado, cree que no puede ser de otra manera. Han pasado cinco años y ella no deja de llorar a Franco Valdivia, uno de los primeros universitarios asesinados el 20 de abril de 2018 en Estelí. “Yo no pienso renunciar a pedir justicia y lo haré como lo han hecho las demás madres, si me es posible, con mi último aliento”, sentencia Machado, quién dirige la Asociación Madres de Abril (AMA).

Machado dice a DESPACHO 505, que lamenta que madres y padres de los asesinados, "han dejado este mundo con esa tristeza" de no ver a los gatilleros pagar por sus crímenes ante la ley de los hombres. Confía en que han sido confortados por “el divino Padre”, sino que “él les hará justicia”. “Mientras haya una madre, un padre vivo, la voz que pide justicia no cesará. Nos toca a quienes seguimos aquí, seguir luchando”, reitera la madre de abril.   

LA MAMÁ “DEL PROFE”

El 27 de febrero a la casa de los López, en Niquinhomo volvió el luto. “Fue triste volver a ver un ataúd en esa casa”, dice un vecino apesarado por la muerte de Justina Isabel López, la madre de Carlos Erick López López de 23 años, “El profe”, asesinado en Monimbó el 4 de junio de 2018.

Hasta el último día de su vida doña Justina pidió castigo para los asesinos de su hijo.

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Doña Justina Isabel López que en paz descanse. Madre de Carlos Erick López López de 23 años asesinado en Monimbó.

Las veces que doña Justina hablaba de su hijo, terminaba inconsolable. Lloraba como una niña. “Yo no estaba preparada para perderlo, él era muy joven, muy buen muchacho”, decía. En sus desahogos, tomaba aire y se declaraba orgullosa. Exaltaba su valentía. “Hizo lo que creía que era correcto, pero me desbarató el alma”, dijo en el aniversario de su asesinato.

A Carlos Erick, un profesor de la escuela rural Rubén Darío de Niquinohomo, una bala de francotirador le atravesó el pecho y le hizo pedazos el corazón. Era la medianoche del cuatro de junio de 2018. Los masayas resistían entonces, la embestida armada de policías y paramilitares que decían ser civiles, pero atacaban la ciudad con adiestramiento de soldados de guerra.   

Alejandro Moraga lo vio caer. “Fue una noche gris, triste”, relata desde el exilio. También recuerda a doña Justina como una mujer que hubiera dado la vida por su hijo. “Ella vivía con ese hueco en el corazón, desde la muerte de su hijo, y su salud se fue deteriorando”, contó.

SENTENCIA DE MUERTE DE UN POLICÍA DEL RÉGIMEN

El régimen de Daniel Ortega no solo le arrebató el alma a más de 300 nicaragüenses, también deshumanizó instituciones que por años trabajaron en cambiar para servirle a la gente. La Policía, por ejemplo. Dejó de ser la mejor de la región, para convertirse en una especie de “guardia pretoriana, una guardia personal de Ortega”, dice el investigador Silvio Prado.

Para entender su afirmación hay que retroceder a 2018, cuando dispararon a matar a manifestantes y facilitaron armas y protección para que otros dispararan. Desde entonces reprimen con odio a los opositores, a sus familiares y conocidos. “Son gente como sin alma, fanatizados totalmente”, dice un pariente del manifestante asesinado,  Wendell Rivera.

Los Rivera tienen razones de sobra para hacer ese señalamiento. Cuando la madre de Wendell vivía, un policía la aventó contra un refrigerador y la tomó del cuello para hacerle una sentencia mortal que lamentablemente se materializo este año. “Vieja hija de p… te vas a morir de ese cáncer, porque ya hemos dado la orden de que no te atiendan”, le gritó el uniformado al finalizar uno de muchos allanamientos que sufrió tras la muerte de su hijo.

Ella se había granjeado fama de guerrera, un mujer sin miedo que, como otras madres desde AMA, exigió justicia. Aun con las dolencias del mal que acabó sus existencia en esta tierra alzaba su voz. El 23 de febrero del año pasado, a doña Josefa Narváez, la madre de Wendell Rivera, el cáncer que padecía la ganó la batalla. Murió sin alcanzar la justicia que tanto anhelaba para su hijo.

Después del 23 de junio de 2018 doña Josefa no volvió a ver vivo a Wendell. Él recibió un disparo en la cabeza en el barrio Santa Elena de Managua, vecino a la Universidad Agraria, (UNA). El opositor, regresaba a su casa después de jugar fútbol en compañía de amigos y de Reynaldo José, su hermano mayor, cuando aparecieron dos camionetas llenas de policías y hombres encapuchados, se bajaron raudos y les  dispararon.

Según el relato de los sobrevientes, los asesinos huyeron del lugar dejando al manifestante muerto y al menos dos de sus compañeros heridos. Eran días en que el régimen estableció un Estado de terror con “las llamadas camionetas de la muerte”.      

Doña Josefa se juró que no descansaría hasta que los asesinos de su hijo pagaran por el crimen, pero falleció antes. Vecinos dijeron que a ella, le faltó asistencia médica, que siempre le fue negada por "ser una madre de abril". La sentencia de muerte del policía que allanó su vivienda se cumplió. “Ni Somoza fue tan cruel”, señala un compañero de lucha de Wendell que vive en Costa Rica desde aquel ataque. “Imposible olvidar a doña Josefa, madre de oro”, agregó también.     

LE DOLIO RESPIRAR HASTA EL ULTIMO DÍA

La expresión de agonía que Álvaro Conrado Dávila profirió el 20 de abril de hace cinco años y que quedó grabado en la mente de miles después de ser difundido en un corto video de celular se convirtió en una consigna de todo un país.

“Me duele respirar”, dijo el niño de 15 años estudiante del Instituto Loyola de Managua, cuando lo asistían, tras el disparo que policías le hicieron y que terminó con su vida durante una manifestación en Managua.

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Sus padres nunca se cansaron de demandar justicia. Después de aquella muerte temprana, la vida de los Conrado Dávila cambió por completo. Se volvió una familia triste, pero valiente, que mantiene viva la llama que el niño mártir encendió por cuenta propia. Desde finales de enero de este año, luchan para que otra embestida no los bote;  el corazón de don Álvaro Conrado Avendaño, el padre de Alvarito, dejó de latir repentinamente el 28 de enero. Tres meses antes del quinto aniversario del asesinato de su hijo.

Don Álvaro Conrado Avendaño, que en paz descanse, padre de Alvarito Conrado. Cortesía.

Tampoco a don Álvaro se le concedió el derecho de ver en un juicio al asesino de su hijo. Su muerte causó conmoción en AMA. “Fue un ejemplo, una fuente de inspiración en nuestra lucha por la justicia y la verdad”, dijeron en un comunicado.

Conrado Avendaño presidió la agrupación, lo hizo en medio de amenazas y persecución. Creyó siempre que si su hijo determinó que debía estar en aquella manifestación, él estaba comprometido a ser parte de la lucha por su país, por lograr justicia para su hijo.  “Para AMA, han sido grandes pérdidas, un gran dolor esta partidas sin que veamos justicia. Es muy triste”, dice Machado, su sucesora en la organización.

“EL PASTOR SE HA IDO A LA CASA DEL PADRE”  

Mucho antes que a Rosario Murillo se le ocurriera declarar el 19 de abril como el Día de la Paz como parte de su desprecio al levantamiento social que ella y su esposo ordenaron aplastar con las armas, el pastor Ángel Gahona Ramos, dijo en Costa Rica que no habría “paz en Nicaragua, si primero no había justicia”.

El padre del periodista Ángel Gahona, asesinado en una calle de Bluefields durante las protestas de abril, llamó entonces a la dictadura a reflexionar sobre eso. “En eso deben reflexionar los pseudogobernantes que tienen secuestrado a nuestro país, que haya justicia y la paz va a venir sola”, demandó, durante un homenaje a su hijo,  como una premonición de lo que ahora hace Murillo cinco años después.

El pastor fallecido, Ángel Gahona Ramos y su esposa. Los padres del periodista Ángel Gahona. Cortesía.

Ramos Gahona integra esta lista de lutos por padres que dejaron este mundo sin ver justicia por el asesinato de su hijo. La madrugada del 23 de septiembre de hace dos años, tras ocho días de luchar contra el Covid-19, dejó de respirar. “El pastor se ha ido a la casa del Padre”, informaron integrantes de la Iglesia Nueva Jerusalén, que el padre del periodista fundó bajo la denominación de las Asambleas de Dios en aquella ciudad del Caribe Sur.

“Por ellos, vamos a a continuar demandando verdad, justicia, reparación  y no repetición. Por la memoria de nuestros hijos y por la memoria de esos padres que ya no están, el papá de Alvarito, de Ángel, doña Justina, doña Josefa, por todas las madres que están sufriendo en estas duras fechas”, señala la coordinadora de AMA.

LA PROMESA DE MAX

La madre de Max Jerez no lo perdió a él. Él la perdió a ella. Desde que falleció hace casi dos años, solo conoce el lugar donde sus restos reposan por fotos y videos. Dice a DESPACHO 505 que el día que pueda volver a Nicaragua se bajará del avión y se irá directo a su tumba, a dejarle flores. “Es un ciclo de mi vida que siento debo cerrar”, comparte.

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Jerez expresa que la admiración por la mujer que le dio la vida ha cuadruplicado su valor ahora que ve fotos y video de ella exigiendo su libertad. “Fue muy valiente”, la elogia con una voz que parece descomponerse, y que logra enderezar con esfuerzo. “Bueno, usted sabe, es difícil para mí”, se justifica.  “La he visto en videos, la verdad, me toca ver su valentía, pero me da fuerzas también. Por eso creo, debo agradecerle su lucha”, reafirma.   

“Esencialmente es el valor y el espíritu de combate de familiares de las victimas, es admirable. Dignos de reconocimientos, no han descansado todos estos años. He visto gente que no calla, no importa las circunstancias”, añade.

Doña Heydi Meza, que en paz descanse, madre del líder estudiantil Max Jerez.

Igual que doña Heydi, otras madres cerraron sus ojos para siempre pidiendo la libertad de sus hijos. La navidad de 2021, por ejemplo, fue doña Silvana Pérez, madre del reo de conciencia Uriel Pérez de Masaya. Ella falleció por las múltiples enfermedades que la acechaban y que empeoraron por la preocupación por su hijo, que guardaba prisión desde el 13 de noviembre del año 2019.

El 11 de octubre de ese mismo años, doña Hilda Chamorro Hurtado, madre del expreso político y empresario, José Adán Aguerri Chamorro, falleció también esperando verlo libre. “Doña Hilda no pudo despedirse de su hijo y José Adán no pudo ver a su madre”, lamentó ese día la Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia, organización opositora en la que militaba Aguerri

“DESDE LA TUMBA CLAMAREMOS JUSTICIA”  

El régimen Ortega-Murillo nunca se apiadó de la profesora jubilada Cela Palacios, de 68 años, madre del opositor Chester Membreño. Once días después de iniciar el año 2019,  falleció a causa de una aneurisma. Ella solo pedía una cosa: ver a su hijo, el preso político Chéster Membreño.

Su viudo, don Iván Membreño, contó que doña Cela volvía desconsolada cuando visitaba a su hijo en la prisión. “Fueron días difíciles para ella”, relató. La profesora jubilada, murió dos meses después de visitarlo en la cárcel. Membreño fue secuestrado en su natal Masaya y enjuiciado por delitos políticos.

Las honras fúnebres de la profesora jubilada Cela Palacios en Masaya.

Cuando Palacios falleció, era la cuarta madre de un preso político que moría pidiendo la libertad de sus hijos. El 16 de diciembre del año 2018, Martha Isolina Bucardo Campos, de 67 años, madre y abuela de Francisco Homero Pérez Bucardo y Bryan Francisco Pérez Ampié, falleció tras desmejorar su salud cuando sus familiares fueron encarcelados.

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El 2 de diciembre, 14 días antes, había fallecido Carmela Arteta, de 94 años, madre del exmilitar Alfonso Morazán Castillo. Pese a las gestiones legales y peticiones públicas, las autoridades del orteguiano que se declara “cristiano, socialista y solidario” le negaron el permiso para enterrar a la madre.

Un mes antes, el 18 de noviembre, falleció Martha Lorena Rocha Escorcia, de 51 años, madre del preso político Misael Escorcia, de 18 años, a quien las autoridades del régimen tampoco le autorizaron salir para despedirla.

“Ningún padre, y menos una madre, descansaremos hasta ver justicia para nuestros hijos”, dice Machado. “Si es posible, nuestros gritos de justicia saldrán de esas tumbas donde estemos”, sentenció la esteliana.

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