
Sin elecciones y con Ortega «desaparecido»: este domingo Nicaragua debería elegir presidente
Nicaragua debería celebrar elecciones presidenciales este domingo 8 de noviembre, pero no hubo llamado a las urnas. Es la consecuencia más visible de las reformas constitucionales con las que Daniel Ortega y Rosario Murillo se atornillan al poder. La fecha coincide además con el dictador, que cumplirá 81 años el próximo miércoles, «desaparecido». Acumula una ausencia récord de 67 días sin aparecer públicamente.
La jornada que debía abrir un nuevo ciclo electoral transcurre sin candidatos, campañas ni votaciones. Ortega, que regresó a la Presidencia en enero de 2007, sigue al frente del país casi veinte años después, ahora con Murillo, elevada a copresidenta mediante una reforma constitucional. El mandato de ambos, debía concluir en enero de 2027, pero fue prolongado hasta 2028 y una nueva reforma, todavía pendiente de ratificación, busca extenderlo un año más, hasta 2029.
El aplazamiento de las elecciones no fue una decisión aislada. Forma parte de una serie de cambios constitucionales que han transformado la estructura del Estado, ampliado las atribuciones de la Presidencia y establecido nuevas restricciones para bloquear la competencia electoral y asegurar una sucesión dinástica.
La maniobra que eliminó las elecciones de 2026
El primer paso decisivo se produjo con la reforma constitucional aprobada a finales de 2024 y puesta en vigor en febrero de 2025. La modificación amplió de cinco a seis años el período presidencial, estableció la copresidencia y trasladó las elecciones generales previstas para noviembre de 2026 a 2027.
La reforma también modificó la distribución del poder entre las instituciones del Estado. La Presidencia se impuso como autoridad suprema de los órganos legislativo, judicial y electoral, además de otras instituciones públicas.
Murillo, que había ocupado la Vicepresidencia desde 2017, adquirió así el mismo rango de autoridad que Ortega sin que mediara una nueva elección presidencial. Ambos quedaron al frente de un mandato ampliado por la Asamblea Nacional controlada por el Frente Sandinista.
La prolongación, sin embargo, no terminó allí.
El 1 de septiembre de 2026, los diputados aprobaron en primera legislatura una nueva modificación constitucional para ampliar el mandato presidencial de seis a siete años. Si recibe la segunda aprobación prevista para enero de 2027, las próximas elecciones generales quedarían desplazadas hasta noviembre de 2028.
En apenas dos años, las reformas han permitido añadir otros dos años al período presidencial surgido de las elecciones de 2021, ya celebradas sin competencia opositora y con siete aspirantes presidenciales encarcelados.
La última modificación también incorpora restricciones a la participación política de personas señaladas por los propios dictadores como «traidores a la patria» responsables de acciones contra la soberanía nacional.
Ortega cumple 67 días fuera de la escena pública
Este hecho que marca significativamente el rumbo del país ocurre mientras se encienden las alarmas ante una prolongada ausencia de Daniel Ortega, máxima figura del FSLN. El dictador no ha vuelto a comparecer públicamente desde el pasado 2 de septiembre, este domingo acumula 67 días «desaparecido». Es su período de ausencia pública más prolongado, según el registro de sus comparecencias.
El mandatario cumplirá 81 años el miércoles 11 de noviembre, sin que hasta ahora se conozca qué le ha impedido comparecer en actos partidarios o reaccionar a sucesos políticos que en otra época motivarían su pronunciamiento o aparición.
Durante este período, Rosario Murillo ha mantenido la vocería cotidiana del régimen, mediante sus habituales intervenciones en los medios oficialistas, en las que anuncia decisiones administrativas, actividades institucionales y orientaciones políticas.
Su última aparición: defendió de las reformas y atacó a EEUU
La última aparición pública de Ortega fue en el acto de aniversario del Ejército de Nicaragua, un día después de que los diputados bajo su control aprobaran en primera legislatura la reforma constitucional que amplía el período presidencial a siete años. Ante la cúpula militar, el dictador defendió los cambios que le permitirían prolongar hasta 2029 el mandato iniciado en 2022 y dio por hecho que serían ratificados en 2027.
Ortega justificó las modificaciones alegando que la Constitución anterior contenía disposiciones que facilitaban las agresiones contra Nicaragua. También aseguró que la reforma había sido ampliamente consultada y contaban con el respaldo de la población, cuando en la práctica fueron actos meramente partidarios.
En su discurso, Ortega también lanzó advertencias frente a las amenazas que atribuyó a Estados Unidos y reivindicó el respaldo militar: «Aquí está un pueblo y un Ejército que no se vende ni se rinde jamás», expresó.
Desde aquella intervención han transcurrido 67 días sin nuevas comparecencias públicas. Su prolongada ausencia ha reavivado los rumores sobre un posible deterioro de su salud, que el régimen mantiene bajo estricto hermetismo.
Ortega, cada vez menos visible
Las ausencias públicas de Daniel Ortega han aumentado progresivamente durante los últimos años. En 2020, en plena pandemia, llegó a permanecer 46 días sin aparecer ante las cámaras.
En 2021 y 2022 registró períodos de más de 40 días, pero fue a partir de 2024 cuando sus desapariciones comenzaron a superar los dos meses. Ese año acumuló dos ausencias de 55 y 61 días.
En 2025 permaneció hasta 52 días sin comparecer y, en lo que va de 2026, ya había registrado otros dos períodos de 55 y 61 días antes de su última aparición, el 2 de septiembre.
La ausencia actual, de 67 días, es la más prolongada del registro revisado. El alejamiento de las obligaciones que conlleva su cargo también se refleja en la frecuencia de sus intervenciones: Ortega apenas ha comparecido públicamente 11 veces en 2026.
En cambio, Rosario Murillo ha continuado posicionándose como la voz omnipresente del régimen. Mantiene sus intervenciones diarias en los medios oficialistas, anuncia decisiones, imparte orientaciones y concentra la comunicación política del poder. Los hijos de la pareja, especialmente Laureano Ortega Murillo, han ganado protagonismo como operadores de los intereses familiares, con participación en negociaciones internacionales, proyectos de inversión y relaciones con sus contados aliados, especialmente China y Rusia.



