Douglas Castro Quezada: “Cualquier salida en Nicaragua exigirá riesgos, sumar al sandinismo disidente y negociar”

Las recientes reformas a la Constitución Política impulsadas por el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo no representan un viraje sorpresivo, sino la formalización por la vía de los hechos de un modelo autoritario de sucesión conyugal y dinástica. Sin embargo, lejos de tratarse de la estocada final o de una estructura infranqueable, el sociólogo y politólogo nicaragüense Douglas Castro Quezada advierte que el régimen ha entrado en una espiral donde sus propias leyes le quedan cortas.

“No nos cabe la idea de que ya llegamos al fondo de un hoyo, sino que estamos en un abismo: llegamos al hoyo, pero Ortega sigue cavando en ese mismo hoyo del Estado totalitario”, asevera Castro Quezada durante una entrevista concedida a DESPACHO 505 en Madrid.

El analista y activista político en el exilio —máster en Ciencias Políticas por la London School of Economics (LSE)— participó esta semana en la capital española en un diálogo sobre institucionalidad democrática durante el Festival Centroamérica Cuenta.

Candidato a doctor en la Universidad de Oxford, donde investiga las trayectorias divergentes de la erosión democrática en Nicaragua, El Salvador y Guatemala, sostiene que el verdadero punto de quiebre para la cúpula de El Carmen será el fallecimiento de Daniel Ortega.

En esa coyuntura crítica, sostiene que el peso decisivo recaerá sobre el aparato armado, anticipando que “ninguno de los generales del Ejército estará dispuesto a dejarse encarcelar por Rosario Murillo”.

Frente al rol de la comunidad internacional y de Estados Unidos, frena el entusiasmo sobre una salida militar externa, calificando la idea de una “extracción” como una aspiración muy popular en el país, pero “un escenario que probablemente no va a suceder”. 

Asimismo, aclara que las sanciones financieras son un mecanismo insuficiente contra una dictadura a la que solo le importa retener el poder a la fuerza: 

Desde una mirada autocrítica a las fuerzas democráticas opositoras, fustiga la obsesión por construir plataformas perfectas en el exilio y advierte que “exigir un frente unido de todos al mismo tiempo es la antesala del fracaso”. Para Castro, la oposición debe asumir una hoja de ruta pragmática que respalde la acción política dentro del país, sume a la disidencia del sandinismo y acepte que cualquier transición democrática exigirá asumir riesgos internos y sentarse a negociar con los sectores menos radicales del aparato estatal.

Hablemos sobre las últimas reformas a la Constitución que terminaron de sepultar cualquier vestigio de competencia electoral y vetar por ley a la oposición de las elecciones. Desde tu perspectiva como sociólogo y politólogo, ¿estamos ante la mutación definitiva del régimen hacia un modelo de partido único absoluto o es solo la legalización de una estructura totalitaria que ya operaba de facto?

Yo nunca me atrevo a decir que estamos ante algo totalmente terminado, porque una de las características de la dictadura de Ortega- Murillo es que sus propias leyes y maquinaciones nunca les dan abasto y siempre les quedan cortas. Para mí, este modelo que están ideando les va a quedar corto en determinado momento y van a volver a producir otra andanada de leyes para avanzar más en esto. 

No nos cabe la idea de que ya llegamos al fondo de un hoyo, sino que estamos en un abismo: llegamos al hoyo, pero Ortega sigue cavando en ese mismo hoyo del Estado totalitario. El punto es que no les da abasto; hay un hueco y ellos siguen cavando. Lo que está haciendo Ortega es legalizar lo que ha venido haciendo por la vía de los hechos. A ningún nicaragüense le cabe duda de que esto es una sucesión conyugal y dinástica. Solo les falta poner en el papel que son una dictadura constitucional y que no habrá partidos; por guardar apariencias no lo van a escribir, pero en los hechos se va a dar.

Todavía tienen planeado hacer la pantomima de elecciones…

A mí muchas veces me dicen que soy muy pesimista, pero en Nicaragua uno siempre tiene que partir de la lógica de que esta gente va a hacer lo peor. Cuando dijeron que iban a extender el mandato de cinco a seis años, muchos creían que era para el siguiente período, pero ocurrió en el actual. Cuando hablan de «renovación», es una palabra rara con la que probablemente planteen que en el 2028 no necesariamente haya elecciones, sino una renovación. Esta renovación se podría hacer a través de la Asamblea Nacional o de algún referéndum. Podríamos estar ante un escenario en el que ni siquiera tengamos elecciones, sino que la renovación se dé por otras vías.

Con este blindaje legal y la exclusión total de la oposición, ¿qué incentivos le quedan a la gente para organizarse a nivel interno en Nicaragua, cuando el propio texto constitucional criminaliza a todo el que se opone al régimen?

Las acciones y hechos de la dictadura desincentiva cualquier acción política, y por eso en Nicaragua no hay acciones organizadas a nivel interno. Sin embargo, aunque en el exilio asumamos que seremos el centro de la acción política, necesariamente tiene que surgir acción interna en Nicaragua. A pesar de la falta de incentivos, en determinado momento algo tiene que ocurrir, porque la apuesta de Ortega es que nadie levante la cabeza dentro del país y que desde afuera no le digan nada.

Con la llegada de Donald Trump pueden darse coletazos como lo ocurrido en Venezuela, lo cual les preocupa más. Si nadie levanta la cabeza, difícilmente este régimen va a cambiar. Otra coyuntura crítica para Nicaragua será qué sucederá cuando fallezca Ortega y qué posición asumirá el Ejército. Ninguno de los generales estará dispuesto a dejarse encarcelar por Rosario Murillo, por lo que se entrará en un dilema muy complicado si no hay un cambio antes.

Hablando de la OEA, la próxima reunión de cancilleres es el paso institucional más drástico que han tomado en ocho años de crisis. El secretario general decía que apuestan por sanciones financieras y restricciones de viaje, pero en el pasado la dictadura ha mostrado absoluta indiferencia ante las resoluciones de la OEA. ¿Qué herramientas reales crees que tienen hoy los cancilleres para forzar una fisura en el círculo de poder de El Carmen, o temes que esto sea solo una declaración más?

Las declaraciones siempre son importantes porque el mayor peligro es que no se hable de Nicaragua a nivel internacional. Sin embargo, hay que reconocer que el sistema interamericano y el sistema universal no tienen los dientes para resolver este tipo de cuestiones, por lo que hay que dosificar las expectativas.

Lo mínimo que espero es que exista un consenso claro sobre el tema de Nicaragua. Lo máximo sería que se le exija perentoriamente a la dictadura hacer elecciones y reformas, algo que hasta ahora no se ha dicho con esa claridad. Lo otro sería presión económica.

Estados Unidos llamó en su pronunciamiento a sus socios a romper relaciones comerciales con la dictadura, lo cual representa un tipo de embargo comercial al país.

Yo no veo a Estados Unidos actuando directamente, sino trasladándole la responsabilidad a la OEA y al sistema interamericano. Mientras están involucrados directamente con Venezuela y Cuba, con Nicaragua actúan como si los latinoamericanos debieran resolverlo.

Al mismo tiempo, figuras como Rubio y Trump afirman no creer en la ONU, la OEA o la Corte Penal Internacional, resultando contradictorio que manden a resolver nuestros problemas a instituciones en las que no creen. Quienes son entusiastas de la política exterior de Trump afirman que están dejando agotar la vía multilateral para luego justificar una intervención directa tras su fracaso.

Hay gente que le pide abiertamente a Trump que intervenga militarmente y extraiga a Ortega como se hizo con Maduro.

Esa opción es extremadamente popular en Nicaragua, y quien diga lo contrario está mintiendo. La palabra «extracción» refleja la idea de sacar una muela podrida que afecta a todo el país. Sin embargo, vemos que en Venezuela esa acción no derivó automáticamente en la democratización. Debatir de forma enconada sobre una intervención militar estadounidense que probablemente no va a suceder no es muy productivo, aunque honestamente sería algo muy popular dentro de Nicaragua.

Respecto al papel de la oposición y haciendo autocrítica, la dictadura se ha radicalizado y ha afianzado su poder, mientras la oposición sigue fragmentada en el exilio perdiendo capacidad de incidencia interna. ¿Cuál crees que ha sido el mayor error de la oposición en estos años de exilio y por qué no se ha logrado consolidar un frente único con una estrategia de ruptura clara?

Desde una perspectiva pragmática e histórica sobre las transiciones democráticas, la unidad absoluta es imposible. Lo que se necesita es unir a personas con ciertos valores en común y estructurar una estrategia que otorgue fuerza política. Exigir un frente unido de todos al mismo tiempo es antesala del fracaso, tal como muestra la división existente entre los opositores venezolanos, quienes aun así lograron acuerdos mínimos para tener fuerza.

En la lucha contra la dictadura se debe ser pragmático —y yo sé que no es muy popular decirlo—. Muchas personas cuestionan que haya personas que fueron de la disidencia sandinista o que fueron del régimen. Para mí, si eso afecta a la dictadura, es positivo. Cualquier cosa que afecte a la dictadura es positivo y ese debería ser el mapa, la hoja de ruta.

En Nicaragua las distintas facciones de la oposición coinciden en pedir la libertad de los presos políticos y el fin de la dictadura, pero se observan pugnas internas y afán de protagonismo.

Esas disputas no tienen sentido. Crear grandes plataformas solo genera luchas por ver quién las encabeza, representa una estrategia equivocada. Lo correcto es enfocarse pragmáticamente en lo que más afecta a la dictadura, como exigir elecciones, respaldar a la disidencia que Ortega odia. Si Ortega dice que se va enronchar en Centroamérica, tenemos que actuar en Centroamérica para romper su bloque.

En este escenario, ¿crees que la oposición desde el exilio corre el riesgo de volverse irrelevante para el día a día de los nicaragüenses?

La gran apuesta de Ortega es que nadie actúe internamente y que en el exterior no se visibilice nada. Sin embargo, en Nicaragua puede ocurrir lo mismo que en la transición de 1990, donde el exilio y la Contra no fueron los actores más relevantes, sino los actores que operaban desde adentro. Por eso carece de sentido disputar liderazgos en el exilio.

Se podría proponer que la comunidad internacional presione al régimen para permitir el retorno de algunas figuras…

Eso sería positivo porque abriría una fisura que la dictadura teme que se convierta en grieta. No obstante, cualquier acción implica riesgos; pero si nadie toma el riesgo, difícilmente va a haber un cambio.

Algo al estilo María Corina Machado en Venezuela.

Exacto. Alguien tiene que tomar el riesgo de hacer cuestiones. En política no hay garantías porque muchas personas dicen que solo van a regresar cuando haya garantías y, repito, nadie garantizará nada en política y las transiciones requieren que alguien asuma esos riesgos. 

Sin embargo, hay que ser consciente de que los liderazgos de la oposición han pagado un costo muy alto y criticar desde el exilio sin asumir esos costos es fácil.

¿A lo mejor un acuerdo negociado con el régimen, por la presión internacional, para el regreso de algunos liderazgos a cambio de concesiones en las sanciones?

Claramente. Cualquier solución en Nicaragua difícilmente será disruptiva. Como se observa en Venezuela, las salidas políticas pasan por negociaciones y procesos electorales, aunque no resulten populares en el debate de la oposición.

En un contexto donde el régimen ha reforzado alianzas con China, Rusia e Irán, ¿tiene la comunidad internacional el poder real de asfixiar a la dictadura?

El que quiere puede. Si Estados Unidos quisiera aplicar medidas como las impuestas a Venezuela e Irán, cortando al régimen del sistema financiero internacional, las consecuencias en Nicaragua serían devastadoras. Rubio llama a los países de la región a cortar lazos comerciales con la dictadura de Nicaragua, pero Estados Unidos sigue siendo el principal socio comercial de Nicaragua.

Sin embargo, a Ortega le importa primordialmente el poder y no solo el dinero, por lo que una crisis económica no le moverá el piso necesariamente; Ortega responde más ante la fuerza. La sola presión económica es necesaria pero insuficiente.

Como activista en el exilio, ¿dónde identificas hoy las grietas de la dictadura y si hay espacio para la disidencia silenciosa en el sandinismo o el ejército?

La mayoría de la oposición en Nicaragua está dentro de Nicaragua, aunque no de forma visible. El eje de la disidencia interna se desplaza hacia instituciones como el Ejército y la Policía, las cuales tienen el peso decisivo.

El momento clave ocurrirá tras el fallecimiento de Ortega o cuando se le exija al Ejército algo demasiado costoso. Hay que aplaudir las tensiones internas y ofrecer un discurso democrático con garantías de debido proceso, sin buscar venganza ni represalias.

Ante la preparación de una sucesión dinástica sin vías electorales e institucionales, ¿cuál es la salida realista para Nicaragua: una implosión interna o una negociación con sectores del régimen?

Cualquier salida te llevaría irremediablemente a una negociación con los sectores menos radicales de la dictadura. La oposición y el pueblo de Nicaragua tendrán que pagar esos costos políticos para lograr el cambio.