Kevin O’Reilly: la detención de monseñor Mata delata a una dictadura miedosa

El obispo emérito Abelardo Mata no lanzó desde el púlpito un llamado a la protesta ni un discurso político. Le habló a los fieles para pedir oraciones por la Iglesia católica y los sacerdotes desterrados. Que ese gesto terminara con la detención y desaparición del religioso de 80 años, no exhibe fortaleza, delata el miedo y la fragilidad del régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo al más mínimo asomo de disidencia y en particular a la Iglesia Católica, sostiene el exdiplomático estadounidense Kevin O’Reilly.

En un análisis publicado este lunes, O’Reilly considera que la captura del obispo Mata confirma que el régimen no actúa desde una posición de seguridad política, sino desde el temor a cualquier espacio de la sociedad que no pueda controlar.

«La dictadura nicaragüense ha dejado claro que no tolera ni la disidencia ni el pensamiento independiente; que vive con miedo de todas las actividades sociales que no puede cooptar o controlar; y que teme sobre todo la independencia de las iglesias, particularmente la Iglesia Católica», afirma.

Para O’Reilly, exencargado de Negocios de Estados Unidos en Nicaragua y exjefe de la misión diplomática estadounidense en Managua, el caso de Mata trasciende la persecución contra la Iglesia católica y refleja el temor del régimen a cualquier institución que conserve autonomía. La Iglesia, sostiene, se ha convertido en uno de sus principales blancos precisamente porque sigue siendo uno de los pocos espacios de la sociedad que no ha logrado someter por completo.

El obispo emérito fue detenido el pasado 29 de junio tras acudir a una clínica de Estelí para un chequeo médico. Posteriormente fue trasladado a su vivienda en el departamento de Masaya y detenido nuevamente al día siguiente.

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El propio régimen confirmó la detención mediante una nota del Ministerio del Interior, en la que informó que Mata fue sometido a interrogatorios sobre el origen de sus bienes y supuestos vínculos familiares que, según la institución, «no coinciden con la condición sacerdotal». Sin embargo, no precisó qué delito se le atribuye ni informó sin la investigación incluye la apertura de un proceso judicial. Desde entonces, el hermetismo oficial ha impedido verificar de manera independiente tanto su paradero como su situación actual.

La dictadura pierde los nervios frente a un sermón

Para O’Reilly, la reacción del régimen resulta desproporcionada.

«Unas autoridades políticas que tuvieran más confianza en su proyecto político, o cualquier confianza en absoluto, no perderían los nervios de manera tan dramática cuando un prelado jubilado dice en voz alta, aunque de manera breve, lo que millones de nicaragüenses sienten en sus corazones todos los días», escribe.

El pecado del religioso -según las fuentes consultadas por DESPACHO 505 fue pedir oraciones por la Iglesia perseguida y por el obispo de la Diócesis de Estelí, monseñor Rolando Álvarez, desterrado a Roma por el régimen tras purgar presidio político.

A juicio del exdiplomático, esa reacción no solo evidencia la incapacidad del régimen para tolerar incluso las expresiones más moderadas de solidaridad dentro de la Iglesia, sino también la inseguridad de un poder que, afirma, ha perdido la legitimidad política y social que alguna vez pudo reclamar el sandinismo y que ahora intenta sostenerse mediante la represión.

«La dictadura Murillo-Ortega, tan llena de fanfarronería y tan propensa a la crueldad y la corrupción, sabe que ha perdido cualquier mandato político y social que la Revolución Sandinista, que ahora ha corrompido por completo, pudiera haber tenido en el pasado», añade.

A juicio del exdiplomático, ese episodio evidencia que el régimen ha perdido la capacidad de tolerar incluso las expresiones más moderadas de crítica o solidaridad dentro de la Iglesia.

Una ofensiva contra la Iglesia

El análisis del ex diplomático sitúa el caso Mata dentro de una campaña más amplia contra la Iglesia católica. O’Reilly recuerda que los obispos Silvio Báez, Isidoro Mora y Carlos Herrera viven en el exilio, al igual que decenas de sacerdotes, seminaristas y religiosos.

A ello suma el cierre de medios de comunicación católicos y la vigilancia permanente sobre parroquias y celebraciones religiosas.

«La dictadura ha silenciado a los medios católicos y mantiene una vigilancia asfixiante sobre los púlpitos y los bancos de los feligreses en el país», señala.

Sin embargo, advierte que la persecución trasciende el ámbito religioso. En su opinión, el régimen ha extendido el control sobre iglesias evangélicas, organizaciones sociales, instituciones de beneficencia, escuelas y universidades, en un intento por eliminar cualquier espacio autónomo de la sociedad.

«Tolerar esto es tolerar la destrucción de cada aspecto de la sociedad civil, o su desaparición en la clandestinidad», escribe.

En el cierre de su análisis, O’Reilly plantea que la comunidad internacional debe prestar atención a la crisis de Nicaragua . «El país vive a la sombra de lo que ocurre en Venezuela y Cuba, pero cuando la dictadura cae en crisis, los efectos se expandirán rápidamente desde Managua, con consecuencias lamentables mucho más allá de Nicaragua», advierte.