Una propuesta para el cambio
Sería imperdonable noenfatizar que quienes integren el GTN, empezando por su Junta, deben poseer enalto grado ciertas virtudes personales, imprescindibles para emprenderexitosamente la ardua tarea que se habrían impuesto.
Hace algo más de una semana,San José, Costa Rica, dio cálida acogida a un evento que, curiosamente, ha sidocasi ignorado por los medios de comunicación nacional. Me estoy refiriendo allanzamiento de una importante propuesta política que, tras largos meses dedeliberaciones, realizó un grupo de organizaciones y personalidadesmayoritariamente en el exilio.
Dicha propuesta, cuyosautores acertadamente denominaron “Propuesta para el cambio”, plantea laejecución de una serie de acciones para que Nicaragua, por primera vez en su historia,conozca la auténtica democracia.
En términos generales, lapropuesta sostiene que es preciso instalar un Gobierno de Transición Nacional(GTN), el cual, en una primera etapa, jugaría un papel crucial en el marco dela lucha para expulsar del poder, no simplemente de la Presidencia, alorteguismo. El GTN estaría dirigido por una Junta de Transición Nacional (JTN),integrada por siete miembros representativos de, y seleccionados por, siete sectoressociales del país (estudiantes, campesinos, autoconvocados, profesionales,empresarios, exiliados y sociedad civil).
Una vez se arrojara del poder al orteguismo, esa primera etapa concluiría, e inmediatamente el GTN convocaría a elecciones generales, las cuales se celebrarían en el plazo máximo de un año; y los vencedores en esas elecciones asumirían sus responsabilidades sesenta días después. La organización de los siervos de Ortega sería proscrita, y los miembros de la Junta no podrían ser candidatos.
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Durante sus doce meses–máximo- en funciones, la Junta gobernaría apoyándose en decretos y en laConstitución de 1995, reestructuraría las instituciones del Estado y lassanearía removiendo a quienes, desde posiciones decisorias, han venido delinquiendopara sostener a la dictadura o, peor aún, participando directamente en larepresión; ello sin perjuicio de que enfrenten la justicia aquellos que debanenfrentarla.
Nada absolutamente tendríanque temer quienes no caigan en las dos categorías mencionadas. La ley de lainfamia, la 840, sería derogada, al igual que la de autoamnistía, y,finalmente, la Asamblea que emanaría de esas elecciones tendría facultades deConstituyente.
Hecha esta sintéticaexposición, deseo añadir algunas reflexiones personales. Es obvio que,cualquiera sea la ruta que se siga para presuntamente instalar la democracia, en algún punto intermediotendrá que haber elecciones. Y que tan solo existen dos alternativas: secelebran esas elecciones con Ortega en el poder, o fuera de él. En el primerode los casos sería inevitable que la mara orteguista participara en estas, conlo que, para empezar, los candidatos de la oposición genuina tendrían quesometerse a la ignominia, a soportar esa afrenta a su dignidad que supone elestar compitiendo por cargos públicos con individuos responsables de todasuerte de delitos. Como si fueran de la misma calaña.
Luego, Ortega sabe que, en una elección limpia, muy afortunado sería si obtiene el 20% de los votos. En consecuencia, difícilmente se puede esperar que, estando en el poder, propicie un proceso transparente en el cual de seguro perdería la Presidencia, mucho de ese poder, y quien sabe si hasta la impunidad. Aunque, lamentablemente, conservara un reducido número de diputados. Por tanto, fiel a su costumbre de embaucar, y para consumo principalmente de la comunidad internacional, creo que ordenaría a su “Asamblea” efectuar algunas reformas cosméticas a la ley electoral.
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Pero no concibo que le ordeneaceptar la “renuncia”, de aquellos miembros de su séquito que le manejan losorganismos conocidos como “Consejo Supremo Electoral” y “Corte Suprema deJusticia”; y que además permita y facilite que el control de esos poderes delEstado pase a manos de individuos nada confiables. Cualquier cambio sería parano cambiar, el gatopardo.
La siguiente decisión que unOrtega en el poder tendría que tomar sería la de escoger entre dos opciones: oresuelve “ganar” las elecciones y arrostrar las consecuencias de un monumentalfraude, con lo que volveríamos al punto de partida, o busca como hacer“arreglos”. El más probable: “sacrificar” a su candidato presidencial -¿élmismo?- a cambio de algunos diputados “extras”, que luego –confiaría- sereproducirían, ellos conocen esos trucos. La gran pregunta: ¿lograría concretaracuerdos de ese tipo?
Estoy convencido de que almenos intentaría hacerlo, y que lo anterior sería su salida predilecta. Si laconsiguiera quedarían automáticamente lavadas las enormes riquezas de que se haapoderado, y preservado su control sobre paramilitares, Policía, mandosmilitares y altos funcionarios del Estado. Y de esa sosegada manera, la amargaexperiencia lo demuestra, un burdo, pero mercadeable remedo de democraciaprontamente se instalaría, con un más o menos oculto Ortega tirando de loshilos. Y esperando el momento de sacar de nuevo la cara. Si no lo logra, severía obligado, muy a su pesar, a “ganar” las elecciones.
En la segunda alternativa delucha, la Propuesta para el cambio, las elecciones se efectuarían con elorteguismo proscrito, y a ellas esencialmente concurrirían, en alianzas oindividualmente, aquellas organizaciones que de una u otra manera han venidoluchando contra la despiadada mara, en una hermosa demostración y afianzamientodel pluralismo político. Presidente y diputados provendrían de esasorganizaciones, aunque un puñado de zancudos acaso podría colarse…
He dejado para el final,destacar que este proyecto descansa en la confianza, por no decir seguridad, deque las irreprimibles ansias de justicia y libertad de la inmensa mayoría delos nicaragüenses, vigores dispersos que habría que unir; las crecientespresiones de la comunidad internacional; y el carácter orgánico yrepresentativo del GTN, articulados en una estrategia correctamente concebida,pondrían de rodillas a una banda cada vez más desesperada y enloquecida. Lodemás vendría por añadidura.
Y una cosa más: sería imperdonable no enfatizar que quienes integren el GTN, empezando por su Junta, deben poseer en alto grado ciertas virtudes personales, imprescindibles para emprender exitosamente la ardua tarea que se habrían impuesto: principios, dignidad, coraje… y espíritu de sacrificio. No creo que estemos huérfanos de ciudadanos que reúnan esos dones, para que la Nicaragua democrática deje de ser una ilusión.
Nota: El presente artículo es responsabilidad exclusiva de su autor. La sección Voces es una contribución al debate público sobre temas que nos afectan como sociedad. Lo planteado en el contenido no representa la visión de Despacho 505 o la de su línea editorial.
