El discurso del obispo Silvio Báez después de recibir el premio de Pacem in Terris

Buenas noches a todos. Es un honor recibir esta noche el prestigioso Premio. Quisiera expresar mi sincera gratitud por este importante reconocimiento.

Este premio no es principalmente un honor personal, sino un reconocimiento a la lucha incansable de muchos nicaragüenses valientes y dignos que han trabajado y siguen trabajando por la paz, la libertad y la defensa de los derechos humanos en nuestro país. Agradezco sinceramente a quienes hicieron posible este reconocimiento.

A la diócesis de Davenport, en particular a su obispo, mi hermano Dennis Gerald Wolfe. Gracias por sus palabras y por su bienvenida. Y a la Universidad de San Ambrosio, a las diferentes comunidades religiosas y a todos los miembros del comité.

Gracias a todos por su solidaridad con quienes creen que el mundo puede transformarse mediante la compasión, la esperanza y el compromiso con la paz y la justicia, más allá de las fronteras y las diferencias culturales.

Este premio lleva el nombre del histórico Juan XXIII, que es un llamado universal al entendimiento entre las personas y las naciones, basado en la verdad, la justicia, el amor y la libertad.

Es un mensaje que resuena hoy con más urgencia que nunca en Nicaragua y en muchos países donde persisten la violencia, la represión, el encarcelamiento y el exilio.

En teoría, el camino es un servicio verbal que recuerda que la paz social no puede definirse simplemente como la mera ausencia de violencia, lograda mediante la imposición de un sector sobre otros. Como dijo el Papa Francisco, la paz se construye cada día mediante la escucha, el diálogo auténtico y la capacidad de tender puentes.

Aun cuando parezca imposible. De igual manera, la paz se fomenta mediante la equidad social, la inclusión de los pobres, el respeto a los derechos humanos y la valentía de denunciar la injusticia. Esta tarde, acepto este reconocimiento en nombre de la Iglesia Católica de Nicaragua.

Por su fidelidad al Evangelio de Jesús y su constante compromiso de servir al pueblo de Dios. La Iglesia nicaragüense, incluso en medio de las adversidades, ha estado al lado de quienes más sufren: los pobres, los exiliados y las víctimas de la injusticia, haciendo visible con su presencia y testimonio que el amor de Dios no abandona a nadie.

Al igual que Jesús, la iglesia en mi país ha sido como el buen samaritano de la parábola. Una comunidad dispuesta a escuchar y acompañar a quienes sufren, a sanar las heridas de quienes sangran y a comunicar la esperanza de Cristo resucitado a quienes se sienten desanimados y abatidos.

Como saben, trabajar por la paz en Nicaragua en los últimos años ha sido un desafío difícil.

En Nicaragua, las voces que claman por justicia y libertad han sido silenciadas, calumniadas, perseguidas y violadas por un régimen dictatorial que intenta imponer la aceptación de una falsa normalidad, obligando a lo internacional a coexistir con otra dictadura en Latinoamérica.

Se ha intentado silenciar y desacreditar también a la iglesia. Pero el compromiso de la iglesia con la libertad, la paz y la justicia permanece porque tiene sus raíces y está cimentado en Jesucristo, el sacerdote, el príncipe de la paz. Proviene de una ideología o un programa político.

Más bien, surge de una profunda experiencia espiritual inspirada en la misteriosa dinámica del amor de Cristo. Quien, aunque era rico, se hizo pobre para enriquecernos con su Padre. En mi caso, por un día, Jesús tocó mi corazón, transformó mi existencia y me llamó a seguirlo.

He dedicado mi vida a proclamar con palabras y obras el evangelio de la paz. Estoy convencido de que solo a través de la palabra de Jesús podemos construir sociedades justas y pacíficas. Como obispo de la Iglesia Católica, me esfuerzo por vivir cada día como discípulo de Jesús y me dedico como pastor del pueblo de Dios.

El poder salvador de Jesús me sostiene cada día y me impulsa, incluso en medio de las sombras, a caminar a la luz del evangelio de Cristo. Meditado y contemplado en el silencio de la oración.

Es en la oración y en unión con Cristo que encuentro la fuerza y ​​la sabiduría para ser su testigo en medio de la oscuridad que envuelve a mi amado país.

Hoy, al recibir este premio, también me siento honrado de representar a los muchos hombres y mujeres valientes de Nicaragua que, a pesar de la persecución, la represión y el exilio, continúan luchando por un futuro de libertad y justicia para nuestro pueblo. Sus rostros, sus historias de sufrimiento y esperanza enriquecen e inspiran mi ministerio episcopal.

Acepto este premio en nombre de quienes perdieron la vida luchando por la libertad del país. Quienes perdieron la libertad de denunciar y justificar injusticias.

Quienes han sufrido y siguen resistiendo, quienes, incluso en prisión o en el exilio, en medio de grandes adversidades, no han dejado de soñar con una Barahona donde la dignidad de cada persona sea sagrada, donde se celebre la diferencia y la justicia prevalezca sobre el miedo.

Siendo sinceros, los desafíos que enfrentamos en Nicaragua en este momento están lejos de terminar. El régimen dictatorial que se ha instalado en mi país continúa aferrándose al poder, aplastando brutalmente a toda descendencia, negando a nuestro pueblo la dignidad más básica y convirtiendo el país entero en una enorme prisión.

Pero estamos convencidos de que, con la gracia de Dios, el apoyo espiritual de la Iglesia Universal y la presión adecuada de la comunidad internacional, no nos cansaremos de seguir soñando y luchando pacíficamente por la justicia y la libertad en Nicaragua.

Gracias a todos porque cada gesto de solidaridad internacional, cada abrazo recibido desde la distancia, fortalece nuestra esperanza de que la paz es posible y de que los derechos humanos deben defenderse sin excepción, como he aprendido en mi trabajo pastoral, inútiles cuando se trata de defender la vida y la dignidad de las personas.

La firme decisión por la libertad, la opción radical por una solución pacífica y el respeto a la vida humana siguen siendo la luz que ilumina los corazones, los pasos y los proyectos de los nicaragüenses que sueñan con una Nicaragua libre. Para concluir, quisiera reiterar mi sincera gratitud por este reconocimiento.

También agradezco su solidaridad y sus oraciones por mi país. Hoy, al aceptar este premio, reafirmo mi compromiso de seguir trabajando, con la gracia de Dios, por un mundo donde a ningún ser humano se le nieguen sus derechos fundamentales y por el ideal tan necesario y urgente hoy de la paz en la Tierra.

Muchas gracias, que Dios los bendiga.