Sin multitudes ni líderes de peso: el 19 de julio refleja la decadencia del régimen Ortega-Murillo

A 46 años del triunfo de la revolución sandinista que derrocó a la dictadura de Somoza, el Frente Sandinista vive una conmemoración marcada por el aislamiento internacional, la ausencia de multitudes y un despliegue policial que transforma al país en una zona bajo vigilancia. Este 19 de julio, por primera vez bajo la nueva Constitución que impone a Daniel Ortega y Rosario Murillo como "copresidentes", el régimen celebra sin respaldo internacional significativo y con 54 presos políticos aún tras las rejas.

Atrás quedaron los tiempos en que la Plaza de La Fe se llenaba de simpatizantes —muchos de ellos movilizados obligatoriamente— y de líderes políticos del extranjero. Hoy, ni siquiera los gobernantes cercanos al discurso ideológico del régimen han confirmado su presencia.

Rosario Murillo ha intentado minimizar las ausencias anunciando con entusiasmo la llegada de "delegaciones" de países cuestionados por violaciones a los derechos humanos, como Irán, Rusia, Bielorrusia, Palestina, Venezuela, Cuba y San Vicente y las Granadinas.

Aislamiento como reflejo del colapso

“La celebración del 19 de julio no es más que un reflejo de la condición actual del régimen: una dictadura aislada a nivel internacional, con muy pocos aliados o simpatizantes en la comunidad global”, asegura Alexza Zamora, joven opositora nicaragüense.

Según Zamora, incluso sus pocos aliados reconocen que Ortega ya no es una figura útil o legítima. “Su narrativa de salvador del pueblo ya no convence ni siquiera a su base. No es seguro hacer actos masivos, y eso no es por amor al orden, sino por miedo”, señala.

Ese miedo, dice, se expresa en el progresivo cierre del espacio público. “La dictadura vive en paranoia. No confían ni en su propia gente. Saben que solo se mantienen en el poder por la represión”.

La revolución como escombro

Para Félix Maradiaga, opositor desterrado por el régimen en 2023, el acto del 19 de julio ya no tiene contenido revolucionario. Lo que queda, asegura, es un ritual vacío, una “escenografía lúgubre del ocaso de una dictadura”.

“El aislamiento de Ortega no es casual. Es el resultado directo del baño de sangre que causó desde 2018, cuando cientos de nicaragüenses fueron asesinados por exigir democracia”, afirma Maradiaga. Recuerda que el régimen ha sido señalado internacionalmente por liderar la cadena de mando de la represión, incluyendo ejecuciones extrajudiciales.

“Hoy, Ortega se sienta sobre los escombros de lo que alguna vez fue un ideal. La revolución que despertó esperanzas en justicia social ha sido desfigurada hasta convertirse en una maquinaria autoritaria sostenida por el miedo, la censura y la violencia”, concluye.

El miedo al pueblo

Desde 2018, Ortega no ha vuelto a celebrar un 19 de julio rodeado de multitudes. Aquel año, mientras la llamada “Operación Limpieza” dejaba decenas de muertos en Masaya, el dictador apareció aún ante una plaza abarrotada. Desde entonces, el control ha reemplazado al entusiasmo.

“Lo que Ortega teme ya no es un enemigo externo. Lo que le aterra es su propio pueblo”, asegura Maradiaga. “Las multitudes que antes llenaban la Plaza ya no representan apoyo, sino riesgo. Por eso militariza, por eso encarcela, por eso silencia”.

Desde su retorno al poder en 2007, Ortega ha utilizado recursos públicos para alimentar su aparato partidario. Haydée Castillo, defensora de derechos humanos, denuncia el uso del aparato estatal como extensión del Frente Sandinista.

“El régimen ha asaltado al Estado, haciendo creer que ellos son la ley y que los funcionarios públicos son sus súbditos. Ningún servidor público está obligado a obedecer a un partido político, y mucho menos a una dictadura”, sostiene.

Aunque el régimen continúa obligando a trabajadores del Estado a asistir a marchas y actos oficiales, Castillo asegura que muchos albergan la esperanza de un futuro distinto. “Los trabajadores saben que participar es contribuir, aunque sea simbólicamente, a la dictadura. Pero en su corazón saben que un día, con alegría, vamos a celebrar el fin de este régimen y la salida de todos sus cómplices”.

Un país militarizado

Esta semana, las principales ciudades del país se encuentran bajo fuerte presencia policial y militar. El objetivo es claro: evitar cualquier expresión de protesta. Para Maradiaga, la militarización en estas fechas no es un gesto de celebración, sino una medida de defensa.

“Ortega no celebra, se protege. El régimen sabe que no tiene legitimidad. Su única garantía de control es la fuerza bruta”, denuncia.

Y aunque las calles están dominadas por agentes armados, Maradiaga insiste en que la esperanza persiste. “Las banderas oficiales ondean por obligación. Pero las verdaderas banderas, las de esperanza, ondean en el corazón del pueblo, dentro y fuera del país”.