El laberinto electoral del régimen: Ortega anunció que “no habrá elecciones” y Murillo dice que sí, pero “sin golpistas”

El 19 de julio Daniel Ortega anunció que en Nicaragua «no volverá a haber elecciones», como un hecho consumado. Desde la tarima del acto por el aniversario de la Revolución sandinista, reveló que la Asamblea Nacional haría otra reforma a la Constitución Política para impedir que la oposición volviera a tomar el poder. Fue una sentencia a la democracia calificada como como el abandono definitivo de la apariencia democrática que el régimen había preservado durante años en un intento por ganar legitimidad.

Desde entonces se ha desencadenado una tormenta diplomática: Estados Unidos llamó a la comunidad internacional a dejar de normalizar a la dictadura y los gobiernos de la región y organismos multilaterales no han demorado en condenar el acelerado deterioro democrático en Nicaragua con llamados a respetar el derechos de los nicaraguenses a elegir a sus autoridades.

Tres días después, Rosario Murillo afirmó que sí habrá elecciones. ¿Rectificó a Ortega? ¿Están echando un paso atrás? No. Lo dicho por la codictadora no es un cambio de orden. Lo que hace es revelar que pretenden diseñar un sistema con fachada de democracia.

Leídas en conjunto, las declaraciones de Ortega y Murillo apuntan a conservar la figura de las elecciones, pero cambiar quién fija las reglas, quién puede participar y bajo qué condiciones.

Para el organismo de derechos humanos Nicaragua Nunca Más el régimen está a las puertas de «la abolición definitiva del Estado de Derecho y la intención irreversible de perpetuar en el poder como lo que son: la dinastía de los Ortega-Murillo, mediante la fuerza, el miedo y la persecución, un continuismo que recuerda los peores períodos de la historia de Nicaragua».

Estas son las principales claves de las declaraciones de Murillo que dan pistas de sus planes.

1. No desaparecen las elecciones; desaparece el modelo conocido

«Elecciones, sí, pero elecciones propias, y cuando decimos propias… diseñadas, organizadas, desde nuestra Soberanía Nacional, desde nuestra dignidad nacional, para elegir a los mejores nicaragüenses», dice Rosario Murillo.

¿Qué significa?

Ortega habló de que en Nicaragua «no volverá a haber elecciones». Murillo introduce una precisión: no desaparecen todas las elecciones, sino las que a su juicio fueron «diseñadas, dirigidas y orientadas por Estados Unidos».

La diferencia no es menor. El régimen ya no plantea la eliminación de cualquier proceso electoral, sino la sustitución del modelo vigente por otro diseñado desde las instituciones que controla el régimen.

2. Reforma en ejecución por orden de Ortega

La intervención de Murillo confirma que el anuncio de Ortega ya pasó del discurso a la ejecución. La codictadora ratificó lo adelantado por el sancionado presidente de la Asamblea Nacional, Gustavo Porras, quien informó sobre el inicio de las consultas institucionales con Consejo Supremo Electoral.

Si algo Murillo dejó claro es que la simulación de consulta se hace sobre «la propuesta que el comandante Daniel Ortega ha solicitado».

Murillo identifica claramente a Ortega como el impulsor de la reforma.

El rediseño del sistema electoral no surge -según sus propias palabras- de un debate parlamentario ni de una consulta nacional, sino de una instrucción formulada por Ortega y ejecutada por las instituciones controladas por el oficialismo.

Para el organismo defensor queda claro que estamos frente «una decisión dictatorial en proceso de materialización», pues no ocultan que todo lo actuado se ciñe a las «orientaciones presidenciales».

Recuerda que en Nicaragua ya no existen poderes del Estado independientes. Tras las las reformas constitucionales que colocaron en igualdad de poder a Ortega y Murillo, estos sustituyeron los poderes por «órganos» estatales coordinados y subordinados a la
copresidencia.

«La Asamblea Nacional, la Corte Suprema de Justicia, el Consejo Supremo Electoral y las restantes instituciones ya no funcionan como contrapesos. Aunque Nicaragua conserva formalmente un texto denominado Constitución, este ha dejado de cumplir su función esencial: limitar el poder y proteger a la ciudadanía frente a los abusos de quienes gobiernan. La Constitución no contiene al poder, sino que ha servido para dar apariencia de legalidad a los crímenes de lesa humanidad cometidos por el régimen y la reconfiguración del Estado al molde de una dictadura hacia una dinastía», subraya el organismo.

3. El Estado (régimen) decidirá cuándo y cómo serán las «elecciones«

La dictadora habló de «fortalecer nuestra democracia, decidiendo nosotros cuándo son y cómo se realizan».

Con esto plantea que el propio Estado (régimen) sea el que defina la periodicidad, las reglas y el funcionamiento de los procesos electorales, sin hacer referencia a estándares internacionales ni a mecanismos independientes de organización o supervisión.

Lo dicho: «elecciones nicaragüenses, para nicaragüenses, diseñadas, organizadas, desde nuestra soberanía nacional».

De esta forma Murillo insiste en que las futuras elecciones serán bajo sus reglas. Sin más.

El mensaje rechaza cualquier participación o influencia externa y presenta esa exclusividad como un principio de soberanía.

4. Diseñado para excluir: elecciones «sin golpistas ni traidores»

«Aquí todos los que ya no son nicaragüenses no tienen qué hacer en un proceso como ese«, sentenció.

¿Qué significa? La frase reafirma la confesión de Ortega de que no permitirán competencia electoral real que amenace su permanencia en el poder. Por tanto, las personas despojadas de su nacionalidad, entre los que figuran exaspirantes presidenciales, quedarían excluidas del nuevo modelo político.

A lo largo de su intervención, Murillo vuelve a utilizar la narrativa oficial sobre los llamados «golpistas» y «traidores», términos con los que el régimen ha calificado desde 2018 a opositores, periodistas, defensores de derechos humanos, organizaciones civiles y voces críticas.

Aunque no explica cómo se traducirá esa clasificación en las futuras reformas, el discurso sugiere que el nuevo modelo electoral estará reservado para quienes el poder considere parte del proyecto político que dice representar.

Una redefinición del concepto de elecciones

Conclusión: las declaraciones de Ortega y Murillo no describen dos proyectos distintos ni revelan una contradicción. El primero anunció el fin de las elecciones tal como han existido hasta ahora. La segunda empezó a describir la hoja de ruta.

En el discurso oficial, las futuras elecciones seguirán llevando ese nombre. Pero, según las propias palabras de Murillo, serán procesos definidos por las instituciones del Estado, bajo reglas fijadas por el régimen y con una participación delimitada por los criterios políticos.

Pese a ofrecer las primeras pistas sobre el modelo que pretende implantar, el discurso de Murillo deja sin responder las preguntas centrales de la reforma: cómo se elegirán las autoridades nacionales y municipales, quiénes podrán competir por los cargos de elección popular, si existirá espacio para partidos de oposición, si se permitirá la observación electoral, quién decidirá las candidaturas ni qué garantías tendrán los ciudadanos para ejercer el derecho al voto.