Un poder que “respira por la boca”: Ortega y Murillo enfrentan su momento más débil entre purgas, miedo y fracturas

3 de marzo de 1998. Bayardo Arce Castaño viste camisa azul a cuadros, con bigote tímido y barba. Aparece sentado a la izquierda de Rosario Murillo que no oculta un rostro descompuesto por las circunstancias.  Junto a ella, un Daniel Ortega reducido a nada tras ser acusado de violar a su hijastra, Zoilamérica Naváez, a la espera que otros lo defiendan en una comparecencia pública. Esa vez no debía esquivar balas somocistas, sino una revelación sórdida y delictiva de la que él era responsable.  

El otrora comandante que movía masas hasta el delirio, se quedó sin voz. Otros debían ir en su auxilio, porque sabía que por sí solo no saldría ileso.  A la derecha de Ortega; Mónica Baltodano, otra comandante guerrillera que daba fe de que el “compañero-comandante”, devenido años más tarde en líder de una de las dictaduras más crueles que todavía persiste en América Latina, era la víctima y no el abusador.    

Veintiocho años más tarde, de aquel Bayardo Arce Castaño queda muy poco. En otro marzo, el más reciente, el Sistema Penitenciario del dictador que él defendió aquel día y -otros días de los años siguientes- lo mostró en ruinas en una exhibición gráfica que pomposamente su carcelero llamó “a requerimiento público”. Baltodano por su lado corrió mejor suerte, está libre, pero exiliada, perseguida por la misma pareja a la que arropó en aquella conferencia de prensa para acusar a la hija abusada de ser ni menos ni más, la antagonista de una historia hoy prohibida en el sandinismo de Ortega y de Murillo.  

En este marzo, a Arce Castaño se le vio enfermo, pálido, más delgado y cabizbajo. A ratos intentando sobreponerse a la humillación pública antes de volver a la misma prisión donde su antiguo compañero de armas y su esposa lo mantienen acusado de robarle dinero al Estado y lavar casi 5,000 millones de dólares.

De poco le sirvieron los actos de lealtad, incluso cuando en abril de 2018 Ortega y Murillo ordenaron disparar a matar a los manifestantes que participaban en las protestas cívicas exigiendo que dejaran el poder. Por esos días, Arce Castaño volvió a sentarse en una mesa con ellos para defenderlos en un diálogo que terminaría quebrado por la represión.

El recuerdo de abril y el poder del gatillo 

Quienes le miden el pulso a los movimientos de la dictadura nicaragüense, advierten que con la exposición pública del último comandante vivo que permanecía del lado del régimen, ha terminado por volverse en su contra.

Las imágenes -señalan- ya no solo muestra fisuras a lo interno del partido Frente Sandinista que maneja el matrimonio como parte de sus bienes, sino “severas fracturas” que sumadas a otras realidades sociales que los hacen inviables para el país, muestran a su régimen débil y entrando a una “fase agonizante”. 

“Eso se hace pedazos”, dice la exguerrillera Dora María Téllez hoy también en “la acera opuesta a la dictadura. Como Arce Castaño, ella también pasó por prisión por órdenes de Ortega y Murillo que concentran el poder a su antojo en Nicaragua desde que retornaron al poder en 2007. 

A Óscar René Vargas, el analista que ha profetizado “con voz y pluma” la caída del régimen por su propio peso, no le cabe duda de que el poder que ejerce la pareja “respira por la boca”, dañado por dentro y destruido totalmente por fuera. “Está débil y aislado”, apunta. 

Abril de 2018 nunca dejará de doler en Nicaragua aunque los calendarios enfríen más las cifras: 302 manifestaciones entre marchas masivas y plantones en todo el país disueltas a palos y balas, al menos 350 asesinatos por gatilleros del régimen, más de 2 mil heridos, un millar de presos políticos en cantidades que nunca dejaron de ser provisionales y que con frecuencia se actualizan en subidas y bajadas, al menos 800 mil forzados a abandonar el país y más 450 ciudadanos expulsados y declarados apátridas, según registros de organismo de derechos humanos. 

“Han pasado ocho años, pero los daños siguen ahí, sin reparar”, afirma Gonzalo Carrión, del colectivo Nicaragua Nunca Más, en declaraciones a Despacho 505.

“El tiempo no borra lo ocurrido. Esta página no se puede pasar”, subraya, al insistir en que la represión sistemática se tradujo en graves violaciones a los derechos humanos que requieren ser saldadas ante la justicia.

“Hay crímenes de lesa humanidad que siguen reclamando justicia y, a ocho años de haber sido perpetrados, los seguimos denunciando”, agrega con contundencia.

Una generación que no conoce la libertad

Erick tenía meses de nacido cuando Daniel Ortega regresó al poder. Hoy, con 19 años recién cumplidos y estudiante de Derecho en Managua, dice que prefiere no hablar de política porque “eso es un problema en Nicaragua”. Sin embargo reconoce una inquietud difícil de ignorar: nunca ha conocido a otro presidente.

Como él, toda una generación en este país no ha visto a más personas en el poder que no sean Daniel Ortega y Rosario Murillo: 19 años de forma ininterrumpida. El universitario tiene claro que los últimos ocho años de ese período han estado marcados por la fuerza. 

“Ortega y Murillo han mantenido el poder mediante un estado de terror, de represión y persecución, además de la cancelación de las libertades públicas”, sostiene Dora María Téllez.

Para Téllez, la represión ha sido una victoria aparente de Ortega y Murillo. “Son hechos consumados, pero no les ha servido de mucho. El régimen no está bien: nadie calla, ni dentro ni fuera del país. La demanda de abril de 2018 sigue vigente”, sostiene.

A su juicio, el poder de los dictadores se mantiene “aislado y a la deriva, sostenido únicamente por las armas de la Policía, el Ejército y los paramilitares”.

Erosión por dentro y por fuera  

Tellez ve a una dictadura que se erosiona rápidamente. Cree que lo que las bases han visto del régimen en los últimos meses, les ha hecho más daño del que los dictadores quisieran admitir.  

“Hemos visto caer lealtades y, al mismo tiempo, castigos severos”, advierte Dora María Téllez, en alusión a lo que la militancia sandinista ha observado en torno al otrora comandante Bayardo Arce Castaño, incluida la visita que le realizó su hermano, exmagistrado de la Corte Suprema, Gerardo Arce Castaño, en una cárcel.

“Aquí lo que queda claro es que la erosión se profundiza. Hay miedo a ser traicionado por la propia gente, hay purgas y desconfianza generalizada. Nadie está a salvo”, sostiene.

“Todo eso debilita sus bases y revela una estructura que se cae a pedazos”, remata.

Óscar René Vargas conoce al régimen desde dentro. Fue asesor de Daniel Ortega cuando, tras cuatro derrotas electorales, regresó al poder y se ciñó la banda presidencial, dejando atrás el uniforme de guerra de los años ochenta.

Vargas que también pasó por las mazmorras por hacer análisis críticos, sostiene  que Ortega y Murillo atraviesan “el peor momento” desde la rebelión de abril de 2018. 

“Es que es aquí no es solo lo que pasa fuera de ellos, no es una fuerza que lo enfrenta, es que se debilita desde adentro, sus mismas bases están en incertidumbre, lo único que les queda son las armas contra su misma gente, no hay ni consenso dentro de su misma estructura, ni fuera de ella”, apunta.

El analista amplía su lectura fuera del terreno político. “El modelo de Ortega y Murillo ya fracasó. No hay nada que pueda ofrecerle al país”, afirma. 

“No hay empleos y la gente apenas logra sostenerse en sus hogares”, añade. A su juicio, la crisis cotidiana ha generado un descontento silencioso que podría aflorar en cualquier momento.

“La gente sufre, hay cansancio y no hay expectativas de mejora, porque el régimen no tiene capacidad de revertir esta situación. Su modelo ya no funciona”, insiste.

El discurso de “progreso y felicidad” que repite a diario Rosario Murillo a través de su aparato de propaganda choca con una realidad difícil de ocultar.

Solo en el último año, 11 mil empleos desaparecieron en las zonas francas, empujando a igual número de familias fuera de la economía formal hacia la sobrevivencia en la informalidad.

Es una fractura silenciosa que desmiente la narrativa oficial y profundiza el desgaste social del régimen.

Aunque el Instituto Nacional de Información de Desarrollo (INIDE) reporta una tasa de ocupación del 97% a febrero de este año, el mismo informe revela un dato que desmonta la narrativa oficial: el 54% de la población económicamente activa se encuentra en condición de desempleo abierto o subempleo.

Esto implica que más de la mitad de la fuerza laboral sobrevive en condiciones precarias, al margen de la estabilidad del empleo formal.

“A esos hogares no llega la felicidad de la que habla Murillo”, critica el analista.

El dato más devastador de esta verdad incómoda para el régimen es el costo de la canasta básica en el país, que a marzo reciente llegó a los C$ 21,000 (aproximadamente 575 dólares ), frente a un salario promedio de entre 7 mil y 13 mil córdobas, según el sector laboral. 

Para Vargas, la realidad política, más esta realidad social que viven los nicaragüenses pintan un escenario complejo para un sistema que solo se sostiene con las armas. 

La oposición nicaragüense y  “el E03” de Caracas   

La extracción de Nicolás Maduro el 3 de enero no solo sacudió a Venezuela. También dejó al descubierto las conexiones de un modelo autoritario directamente conectado con Managua y La Habana.

Para el líder opositor nicaragüense Juan Sebastián Chamorro, la acción cambió el tablero político de la región. Aunque el cambio no es visible, “por lo complejo”, sostiene que Ortega y Murillo ven que el final para ellos y su régimen está más cerca de lo que imaginaban. 

“Están sobreviviendo bajo una amenaza que es real. Les quedó claro que esta administración del presidente (Donald) Trump no amenaza, actúa y ellos han recibido el mensaje”, señala. 

El caso de Marlon Sáenz resume una de las fracturas más incómodas del régimen: la de quienes lo defendieron y terminaron en la cárcel y desterrados. Exmilitante sandinista y fanático defensor de Daniel Ortega, participó en la represión de 2018, una sombra que lo persigue incluso después de haber sido preso político. 

Su caída en desgracia llegó tras criticar a Rosario Murillo, a quien llama de “malagradecida”. Desde afuera, él es otro que no duda de que la cúpula del poder en Nicaragua ha entrado en otra fase: “Han pasado de la paranoia al nerviosismo y del nerviosismo al miedo”.

“Daniel (Ortega) y la Rosario (Murillo) solo están sobreviviendo, están más débiles que nunca y buscan negociar con Estados Unidos, pero claro, jamás lo dirán a sus bases. Ellos están acostumbrados a decir una cosa a sus fanáticos y a hacer otra en su beneficio”, asegura.  

Para Sáenz, Ortega y Murillo hacen navegar al partido en una deriva que desconcierta a sus fracturadas bases.  “Ya no hay luchas sociales ahí, lo que la gente percibe es un pleito de mafias, gente que quiere sobrevivir a un final que ya viene”, advierte.    

Pese al crítico escenario que enfrentan los dictadores, Dora Téllez considera que los nicaragüenses no deben esperar que un día amanezcan con maletas dentro de un avión para dejar el poder. “El régimen está entendiendo que el costo de mantenerse en el poder puede ser más elevado cada vez, entonces, lo que se espera, es que haya una apertura para una transición democrática, lo que no sabemos es cuándo eso será posible, pero la realidad lo acorrala, eso sí”, sostiene.

En este punto Oscar René Vargas señala que una fortaleza del régimen es la debilitada oposición nicaragüense. “Está desunida y sin liderazgo. Eso es un problema que debe corregirse”, aconseja. 

Chamorro reconoce que la oposición inteta sobrevivir en el exilio tras haber sido desarticulada y expulsada de Nicaragua. Asegura que trabajan para estar listos ante los retos de una transición.  

“Es un proceso complejo”, admite. “Luchamos para lograr una unidad que, en las condiciones actuales de exilio, son difíciles”, explica. 

Pese a eso Chamorro es optimista. Considera que existen precedentes, como el proceso de 1990, que -aunque complejo- permitió encaminar al país hacia una transición democrática.

“Volver a la democracia, a un país libre y con justicia social es lo que todos queremos, y hacia ahí debemos trabajar”, afirma.

“A esta dictadura solo le quedan las mismas recetas de hace ocho años, pero el país entero exige un cambio, no solo la oposición”, añade.

Para los analistas, este abril podría marcar un punto de inflexión. Con 80 años, Daniel Ortega enfrenta un desgaste que acorta su horizonte político, mientras Rosario Murillo concentra cada vez más poder, con un estilo directo y confrontativo.

En paralelo, ninguno de sus herederos ha mostrado el nivel político del hombre que maniobró para evadir la justicia, incluida la denuncia por abuso sexual presentada hace casi tres décadas por su hijastra, y que, pese a su historial cuestionado, regresó al poder en 2007 para mantenerse en él hasta el ocaso de su vida.