Con voz cansada, el dictador Ortega habla de su relevo y ordena “vigilancia” para encarcelar a «vendepatrias»

Visiblemente deteriorado y con una voz debilitada, durente el acto del 46 aniversario de la Revolución Sandinista, el dictador Daniel Ortega hizo por primera vez una mención implícita a un relevo en el poder, aunque bajo estrictos límites ideológicos. El dictador no abordó temas de interés nacional, dedicó casi dos horas de un discurso que libró balcuceante a elogiar a China y Rusia, mientras arremetía contra Estados Unidos, Europa y Naciones Unidas. Solo se ubicó en el contexto nacional para ordenar a su militancia a cazar a opositores en todos los espacios para capturarlos y procesarlos bajo cargos de traición a la patria, conspiración y terrorismo.

Con Rosario Murillo a su diestra, Ortega recorrió aproximadamente tres kilómetros, desde su residencia y despacho en el residencial El Carmen hasta la Plaza de las Victorias, en Managua, conduciendo su Mercedes-Benz blindado y flanqueado por policías con armas listas para disparar y escudos antibalas. 

Por desconfianza, el dictador nunca ha utilizado conductor. A sus 79 años, ponerse tras el volante es un intento por proyectar vitalidad, pese a sus enfermedades y el desgaste natural de la edad, lo que quedó expuesto apenas puso pie fuera del vehículo y avanzó con enorme dificultad hasta la tarima. Permaneció gran parte del acto sentado y cuando pudo hizo esfuerzo por bailar al ritmo de las cumbias, corridos y hasta ritmos urbanos ecargados para exaltar su figura de líder del Frente Sandinista. 

Habla de su muerte y de la herencia del poder

Esta vez, se refirió a la herencia del poder, al que se ha atornillado desde 2007, y de su inevitable muerte: "Todos somos Daniel, por eso es que, que no se les ocurra que en otra etapa de nuestra historia saldrá otro nicaragüense que no tendrá el pensamiento, el compromiso, el principio que se lo heredamos nosotros. Ustedes y yo le hemos heredado el principio que nos dejó en el corazón nuestro general Sandino cuando le dijo a los yanquis: ni me rindo, ni me vendo", dijo en su discurso de este 19 de julio.

Sin embargo, lo que más llamó la atención fue su voz debilitada, el ritmo lento de su oratoria y su dificultad para mantenerse en pie, al punto que solo en raras ocasiones logró sumarse al jolgorio de rojinegro que este año tuvo una predominante presencia militar, incluyendo en la ceremonia la detonación de 21 cañonazos.

En tarima, Ortega se mostró agotado. Su voz carecía de proyección y se escuchó opaca, temblorosa, con silencios y esfuerzo al respirar antes de cada frase. La falta de energía contrastó radicalmente con el tono combativo que caracterizó sus intervenciones en años anteriores.

Este deterioro físico ha sido evidente desde su reaparición en mayo, tras una prolongada ausencia. Reportes independientes han indicado que Ortega padece insuficiencia renal crónica, agravada por lupus eritematoso sistémico, y se somete regularmente a diálisis. Fuentes médicas señalaron que fue internado de emergencia y que incluso se contempló un traslado a Cuba. Sin embargo, el régimen no ha emitido ningún parte oficial, reforzando la opacidad que rodea su estado de salud.

El evento inició con interpretaciones musicales cargadas de mensajes de odio hacia la oposición y alabanzas desmedidas a Ortega, en un tono que reforzó el culto a la personalidad. Se exaltó el “destierro de traidores” como logros del régimen y se minimizó la represión interna que ha provocado el exilio forzado de cientos de miles de nicaragüenses.

En su intervención, el dictador volvió a echar mano del discurso antiimperialista: mencionó la derrota de Napoleón en el siglo XIX, denunció los bombardeos de Israel sobre Gaza —"no les importa andar bombardeando por todos lados", dijo—, pero guardó silencio absoluto sobre los crímenes de guerra cometidos por Rusia, país aliado de su régimen, que ha bombardeado sistemáticamente ciudades ucranianas y matado civiles.

Revive el fantasma de la conspiración y ordena “capturar” opositores

Luego de más de una hora al micrófono arremetiendo contra Occidente y defendió a sus aliados —principalmente Rusia, China, Irán y Palestina—, el propio Daniel Ortega reconoció que su discuso se había tornado cansino, pero antes de acabar el dictador continuó con la criminalización de la oposición y encargó a su militancia estar activa en la vigilancia sin descanso y en todos los espacios para que “en cuanto se les descubra, se les capture y se les procese”. 

“En los barrios tenemos que trabajar sin descuidar la vigilancia revolucionaria y que de esa manera no les quede espacio alguno a los terroristas, a los conspiradores, a los vende patria”, ordenó. 

El veterano dictador reveló qu vive bajo el fantasma de la conspración y dijo a sus bases que aunque Nicaragua vive en “paz”, los enemigos “no descansan”.

“El enemigo siempre está conspirando, siempre está tratando de provocar derramamiento de sangre, dolor en las familias nicaragüenses”, apuntó al tiempo que acusó a sectores de la oposición de tener un plan para derrocarlo con el respaldo de “los imperialistas de la Tierra”.

El dictador no hizo referencia a asuntos de interés nacional, como el esperado anuncio de una rectificación a la imposición de un límite de velocidad en carreteras de 50 kilómetros por hora. En su última aparición se había dado un plazo de 15 días para analizar la efectividad de la medida en la reducción de accidentes —que según los datos de la Policía ha fracasado—, ese plazo se venció el 7 de julio, pero la medida continúa vigente.

Críticas a Estados Unidos

También criticó la política migratoria de la Administración Trump en Estados Unidos, acusándola de perseguir a los migrantes latinoamericanos:

“Se van a quedar sin trabajadores porque los migrantes son los que hacen el trabajo más duro en los Estados Unidos”, advirtió.

Acto seguido, envió un saludo a los 252 migrantes venezolanos detenidos en El Salvador —señalados por Estados Unidos de pertenecer al grupo criminal Tren de Aragua— que fueron liberados este viernes como parte de un intercambio entre el régimen de Nicolás Maduro y los gobiernos salvadoreño y estadounidense, que permitió además la liberación de 10 ciudadanos estadounidenses y unos 80 presos políticos.

El evento contó con la representación diplomática de países aliados como Rusia, Irán y Venezuela, lo que refuerza el bloque autoritario con el que Ortega ha estrechado lazos mientras se aísla del mundo democrático.